DOMINGO 5° DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo B. Mc 1, 29-39
No podemos huir de la realidad que está delante de nuestros ojos.
El evangelio de este domingo quinto del tiempo ordinario es continuación del domingo pasado. Seguimos leyendo el capítulo primero del evangelio de Marcos. El domingo pasado la narración del evangelio situaba a Jesús en Cafarnaúm, el lugar que hizo su residencia tras comenzar su ministerio publico en Galilea. En la sinagoga Jesús había curado a un endemoniado y eso había llevado a la gente a decir que Jesús enseñaba con autoridad. La narración de hoy sitúa a Jesús saliendo de la sinagoga y yendo a la casa de Pedro donde se encuentra a su suegra con fiebre y la cura. Luego le llevan enfermos y endemoniados para que los cure. Por último, Marcos nos narra que Jesús se retira de madrugada a un lugar solitario para orar.
La descripción que hace Marcos nos hace ver que la actividad de Jesús es frenética, pero que, con un gran equilibrio por su parte, la une a largos tiempos de oración, de contacto con su Padre. Ya habíamos visto los domingos anteriores como Jesús une al anuncio del reino la curación de los enfermos y endemoniados, esa va a ser la recomendación que haga a sus discípulos cuando los envía en misión, que unan a sus palabras las obras de acogida a los más necesitados, los enfermos físicos y psicológicos. Hoy, aparece además el dato de que Jesús se retiraba a solas para encontrarse con el Padre, una referencia frecuente en los evangelios. Por tanto, no solo Jesús tenía equilibrio entre las palabras y las acciones que le daba autoridad sino también equilibrio entre la oración y la acción, entre la actividad frenética y los momentos en que se retiraba a un sitio solitario para encontrarse con Dios.
La curación de la suegra de Pedro nos muestra que Jesús, por segunda vez en un día, tras haber curado a un endemoniado en el templo, se salta la ley que prohibía hacer una curación en sábado. Para Jesús son más importantes las personas que la ley y así se lo dirá varias veces a los escribas y fariseos, los maestros de la ley. Debemos preguntarnos si a veces hoy también en nuestra iglesia ponemos por encima de las personas a las normas, la doctrina y la moral. A veces estamos muy obsesionados con cumplir todas las normas litúrgicas en las celebraciones y los requisitos canónicos para los sacramentos que nos olvidamos de las personas, el Papa nos lo tiene que recordar casando a una pareja en el avión.
La curación de la suegra de Pedro es una muestra de cómo Jesús actúa con los enfermos y necesitados. Primero se acercó a ella. Jesús se acerca a todos los que sufren en el cuerpo o en el espíritu, mira de cerca su rostro y comparte sus sufrimientos. En segundo lugar Jesús toco a la mujer, la tomo de la mano. De nuevo aquí Jesús se salta la ley que impedía tocar a un enfermo y además a una mujer. Pero la ternura y delicadeza implica tocar, tomar de la mano como tantas veces hará Jesús con los enfermos y los débiles, con los más pequeños para mostrarles su solidaridad. Los gestos de ternura con las personas, especialmente con los más débiles, son muy importantes como nos está recordando el Papa Francisco continuamente. Por último el texto nos dice que Jesús la levanto, la puso en pie. Jesús no se conforma con acercarse y tocar a las personas caídas por la enfermedad, el pecado o la injusticia, sino que las levanta de su postración, les devuelve la dignidad, les infunde vida.
Al caer la tarde le llevan toda clase de enfermos y endemoniados a la casa de Pedro. Los ojos y las esperanzas de los que sufren buscan la casa de Pedro donde esta Jesús porque sienten que solo él puede acogerlos, tocarlos y llenarlos de la vida plena que la enfermedad, el pecado o la injusticia les ha quitado. Tenemos que preguntarnos si las personas que sufren ven en nosotros, los seguidores de Jesús y en nuestras comunidades, una esperanza para sus vidas donde pueden aliviar sus sufrimientos. La cercanía a las personas que sufren y a la realidad en que viven es lo que hace que la iglesia sea fiable y tenga algo que decir en nuestro mundo materialista e insolidario.
Tras un día de actividad frenética Jesús no se olvida del encuentro con su Padre, pues es una necesidad para poder llevar a cabo su misión. Por eso de madrugada se retira a un lugar solitario donde nadie lo moleste para poder dedicarse a la oración. Es una constante en los evangelios señalarnos que Jesús se retiraba de madrugaba a un lugar solitario para orar. Por muchas que fueran sus actividades Jesús nunca se olvida de esta faceta en su vida pues es una necesidad que tiene para poder obtener fuerzas para su misión. A la madre Teresa de Calcuta le dijeron una vez que como perdía tanto tiempo rezando si tenía a tantas personas que atender y no le daba tiempo. Ella respondió que sin la oración no podría hacer todo lo que hacía. A veces los discípulos misioneros tenemos tantas cosas que hacer que caemos en un activismo que nos deja a tiempo para la oración. Sin recargar las baterías de nuestro interior, tarde o temprano nos vamos a quedar sin fuerzas para la acción. Nadie da lo que no tiene.
Los evangelios nos presentan a Jesús caminando por los pueblos y ciudades en contacto con la gente y sus sufrimientos. Jesús no rehúye del contacto, se deja tocar y toca, se deja “apretujar” por la gente. En ocasiones la gente la avalancha de la gente amenaza su integridad pero eso no lo detiene, no rehúye el contacto directo con las personas especialmente con los que más sufren. A veces da la impresión de que los discípulos misioneros, que tenemos que continuar la misión de Jesús, nos hemos olvidado de esto y nos hemos replegado en nuestros templos y capillas, en nuestros grupos y acciones intraeclesiales y nos hemos alejado de la gente.
En la homilía de la Eucaristía de clausura de su visita a Perú, el Papa Francisco nos decía que a veces nos puede pasar como a Jonás porque las situaciones de dolor e injusticia que a diario se repiten en nuestras ciudades, nos pueden generar la tentación de huir, de escondernos. Pero Dios nos pide como a Jonás que caminemos por nuestras ciudades y descubramos que existen muchísimos “no ciudadanos”, “ciudadanos a medias” y “sobrantes urbanos”, al borde de nuestros caminos que van a los márgenes de nuestras ciudades sin condiciones necesarias para llevar una vida digna. Jesús nos invita a caminar por la ciudad y empezar a ver, a escuchar, a prestar atención, a mirar lo que ahora nos ha pasado por alto y nos señala nuevas urgencias: la mujer víctima del feminicidio; las adolescentes y niñas embarazadas, en muchos casos por sus mismos familiares y víctimas de violación; la trata de niños violentados, abusados esclavizados por los adultos; la corrupción generalizada y ante la cual hemos sucumbido como algo normal sin solución; la casa común amenazada en la Amazonía, en las lomas que rodean nuestra ciudad de Lima y en los pocos espacios verdes que quedan en nuestros asentamientos, plazas y calles; falta de unidad entre los miembros de la iglesia peruana que nos lleva a no ser testimonio creíble del evangelio.
Es verdad que hay otros problemas a los que el Papa se ha dirigido en otras ocasiones: la ideología de género, los matrimonios homosexuales, la promiscuidad sexual por falta de una moral sexual bien formada, la falta de conocimiento de la doctrina de la iglesia, la falta de preparación a los sacramentos, la falta de respeto a los normas litúrgicas en la eucaristía y otros temas a los que en nuestra iglesia peruana dedicamos mucho tiempo y esfuerzos. El Papa al no tratar estos temas en su visita al Perú no nos ha dicho que esto no sea importante sino que nos ha mostrado las prioridades pastorales que hay en nuestro país y en nuestra ciudad de Lima y que en la media que caminemos por ella con los ojos de Jesús vamos a descubrir estas urgencias que reclaman nuestra atención y que no podemos dejar pasar por alto. No podemos como Jonás huir de la realidad que está delante de nuestros ojos. “¿Cómo encendemos la esperanza si nos faltan profetas? ¿Cómo encaramos el futuro si falta unidad? ¿Cómo llegar a tantos rincones si faltan audaces y valientes testigos? Dejándonos ungir con su Espíritu para que podamos ungir con una unción capaz de sanar la esperanza herida y renovar nuestra mirada”. Entonces sí, salgamos a caminar la ciudad, dejemos que la gente nos “apretuje, nos toque, nos ensucie. Caminemos con alegría porque el señor camina con nosotros.