V DOMINGO DE CUARESMA
Yo soy la resurrección y la vida. Sal fuera y se testigo de la vida.
Estamos en el quinto domingo y último de la cuaresma. El próximo domingo ya es domingo de Ramos, pórtico de la semana santa, la semana mayor, la pascua cristiana, hacia donde nos estamos dirigiendo en este camino que es la cuaresma.
Hoy, como en los dos domingos anteriores, seguimos leyendo el evangelio de San Juan pues son los evangelios que servían de base a las catequesis bautismales que recibían los catecúmenos que se preparaban para el bautismo la noche de pascua. Si los domingos anteriores Jesús se presentaba como el agua viva (evangelio de la Samaritana) y la luz del mundo (curación del ciego) hoy se presenta como la resurrección y la vida a través de un milagro-símbolo: la resurrección de Lázaro.
Esta reanimación que hace Cristo de Lázaro es signo de la Vida nueva en el Espíritu que se nos da en la fe y el bautismo como anticipo y garantía de nuestra resurrección final con Jesús.

La muerte es un dato constante de experiencia: aunque nadie, mientras vive, tiene esa vivencia personalmente: No obstante; si tenemos conciencia experimental de la muerte de los demás familiares, amigos, compañeros. En cada adiós definitivo algo nuestro muere con ellos. La aspiración más profundo que todos llevamos dentro es la de una vida sin límites pero como resulta que al final la muerte nos puede siempre, nos sentiremos radicalmente frustrados si no tenemos una explicación satisfactoria al enigma que es la muerte de un ser creado para la vida. Las ciencias humanas han intentado dar siempre respuestas al interrogante y dilema de la muerte. Según las respuestas así son las actitudes vitales: miedo visceral, silencio ante un tema tabú, fatalismo ante un hecho natural e inevitable, hedonismo a tope ante la fugacidad de la vida (comamos y bebamos que mañana moriremos), pesimismo, rebeldía, náusea ante algo absurdo… o bien la serena esperanza de una creencia en la inmortalidad.
Previamente a la reanimación de Lázaro y mediante la fórmula de auto manifestación que es el “Yo soy”, que nos recuerda la presentación de Dios en el Antiguo Testamento, Cristo se proclama resurrección y vida para todo el que cree en El. Luego añade el signo milagroso que avala tal afirmación: no sin antes recabar una confesión de fe por parte de Marta, la hermana de Lázaro. En su condición de signo, la reanimación de Lázaro, al igual que las otras dos resurrecciones que aparecen en los evangelios (la hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naim) no sólo muestra el poder de Jesús sobre la muerte sino que además preanuncia su propia resurrección y la de los que participamos de la misma y de su Vida nueva por los sacramentos de la fe.
Pero si por una parte Cristo proclama su divinidad: Yo soy la resurrección y la vida, y lo demuestra con el signo de mayor relieve que es dar la vida a un muerto, por otra nos descubre su humanidad que se conmueve ante la muerte de un amigo entrañable. San Juan nos dice que Maria la hermana de Lazaró lloró al encontrarse con Jesús y entonces, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañan, Jesús se conmovió y sollozo y los judíos comentaron ¡como lo quería! Este gesto muestra la gran humanidad de Jesús, el amor que manifiesta a todo ser humano. Un amor de cercanía, un amor de amistad, un amor de predilección.
Es llamativa la repetida insistencia de Jesús en la fe como condición a lo largo de todo el relato, al igual que los relatos de los dos domingos anteriores. A la fe como finalidad del milagro se refiere Jesús abiertamente cuando poco antes de ponerse en camino, después de esperar dos días, declara a sus discípulos: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que hayamos estado allí para que creáis”. Ya en Betania apela de nuevo a la fe en el diálogo con Marta. Después de declararse resurrección y vida para todo el que cree en El, le pregunta directamente a Marta ¿Crees esto? Ella responde con una hermosa confesión de fe: “Si Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Pero como la fe vacilo en el momento de retirar la losa del sepulcro, al cuarto día, Jesús le recuerda:” Marta, ¿no te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”.
El objetivo de esta catequesis bautismal era provocar la fe en Jesús, suscitar la fe y la adhesión a Cristo y proclamarla públicamente en el bautismo en la noche de pascua. Con la introducción del bautismo de niños son los padres y padrinos los que proclaman la fe en la que va a ser bautizado el niño. Pero en la Vigilia Pascual todos los bautizamos renovamos esas promesas bautismales de forma personal, libre y consciente. Es muy importante que se comprenda bien esto que hacemos en la vigilia pascual. La fe tiene que pasar de ser heredada a ser personal y profunda para que sea operante porque si no la proyección futura de la fe y la esperanza falla. Hay creyentes que la muerte les causa miedo o desesperación porque hay una carencia de fe viva en el presente. La fe adulta, madura, nos ayuda a ver la muerte como una continuidad de una vida, de un estilo de una actitud existencial. “Si nuestra existencia está unida a Cristo en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la de Él” (Rm 6,8).
Creer en la resurrección es creer que nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Creer en la resurrección es creer en la vida, siempre y en todo momento. Es apostar por la vida. Es defender la vida. Es ser un enamorado de la vida y un sembrador de vida, de la vida de verdad y de la auténtica, de la que nos hace a nosotros y los demás más personas, De la vida de todos: de los niños que tienen derecho a nacer y de los moribundos que tienen derecho a morir dignamente, de los jóvenes que se ansían beber la vida, para que puedan conseguirlo sin adulteraciones ni engaños que entrañan muerte, de las mujeres que sufren violencia por el machismo de sus parejas o jefes, de los enfermos que no tiene acceso a una sanidad digna, de las familias que viven en viviendas infrahumanas, de los que mueren víctimas de la violencia de quienes la ambición está por encima de la vida humana, de los que abusan de niños y adolescentes robándoles su inocencia. Creer en la resurrección y la vida en la situación por la que está pasando el pueblo peruano es, además de solidarizarnos con los que necesitan ayuda inmediata para sobrevivir, comprometernos a poner todo lo que este de nuestra parte para minimizar los efectos de las catástrofes naturales. Es educar en valores morales donde la honradez, el bien común, la verdad y la justicia erradiquen la corrupción que está metida hasta los tuétanos en el alma del peruano. Solo así la sociedad será intransigente con la corrupción que impide que se invierta en limpiar y canalizar ríos, en hacer presas y desaguaderos para el agua, en proporcionar viviendas en lugares seguros para que nadie viva en las quebradas o al lado de los ríos, en hacer puentes que no se caigan a la menor embestida del agua. Solo si todos y cada uno nos comprometemos a poner de nuestra parte para que esto sea una realidad en los próximos años en el Perú, antes de que venga otro año de lluvias como este, demostraremos que creemos en el Dios de la vida y la resurrección, el Dios de Jesús de Nazaret. En particular los creyentes en el Dios que resucito a Jesús de entre los muertos, se nos tiene que ver más en estas luchas y no solo en las manifestaciones contra el aborto y la ideología de género.