V DOMINGO DE CUARESMA

¡No moriremos para siempre!

Hermanos y hermanas:

El evangelista San Juan, después de habernos revelado a Jesús como el Agua Viva y como la Luz, este domingo nos revela a Jesús como la Resurrección y la Vida (Jn 11,1-45): “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” Es decir que para los que creen y confían en Jesús, la vida no termina con la muerte, sino que continúa transformada. El sepulcro no es el lugar donde termina la vida de los discípulos de Jesús. Esta esperanza cristiana da sentido, no sólo a la muerte, sino a toda nuestra vida con sus dolores y pruebas.

Los discípulos de Jesús enfrentamos la muerte, no con resignación, sino con esperanza; con la esperanza de seguir viviendo en la eternidad, con la esperanza del reencuentro con nuestros familiares y amigos que murieron con el Señor y que viven ya en la patria del cielo

Por eso, ante el doloroso acontecimiento de la muerte de los que amamos, no nos llenamos sólo de dolor, sino que nos llenamos de esta esperanza que nos da Jesús; por eso nos despedimos de ellos diciéndoles “hasta Dios”, y los recordamos con gratitud y con esperanza de reencontrarlos en la eternidad.

Es importante recordar, que la fe en la resurrección, la vida nueva que el Señor nos promete es para ahora y no solamente para después de la muerte. No es necesario morir para aceptar la Vida definitiva que Jesús quiere comunicarnos. Cristo nos invita a vivir, hoy y ahora, una vida plena, llena de alegría y de esperanza: “Vine para que tengan vida y vida en abundancia”(Jn 10,10). Los que creemos en Cristo no sólo debemos vivir creyendo que resucitaremos, sino debemos vivir ya resucitados con él.

Hoy, el Señor nos invita también, como a Lázaro, a salir afuera de nuestros sepulcros: “Sal afuera”. Es decir, a salir de nuestras tristezas, desesperanzas, depresiones, oscuridades, vaciedades, indiferencias, tibiezas, mediocridades y de todos los demás pecados. Que el Espíritu Santo nos ayude a salir de nuestras realidades sepulcrales para vivir con alegría, hoy y ahora, la vida plena que Cristo nos ofrece.