SE NOS VA UNO DE LOS “MISIONEROS HISTÓRICOS”

Los relojes se pararon en El Niño Jesús. Sí, lo hemos dicho frecuentemente: nuestro pueblo es celebrativo y cuando de celebrar se trata se olvidan de lo demás. El domingo 26 de mayo de 2019, a las once de la mañana, se había anunciado una celebración por los 50 años de sacerdote del P. Tomás Burns. Pero todos sabíamos –él también- que era su despedida, que estaba en la cuenta regresiva para su vuelta a “los cuarteles de invierno”, en su tierra natal, USA. Han sido casi 50 años en Perú (primero en el Altiplano puneño y luego acá en Lima Sur) con un trabajo muy popular, muy dedicado al pueblo y sus problemas, a los laicos y su formación.

Y éstos tenían todas las ganas y la ilusión de celebrar su vida y agradecer su trabajo. Y se juntaron todas las comunidades por las que pasó acá en S. Juan de Miraflores, más otros muchos amigos, en la parroquia central donde había estado Tomás ya hace muchos años. Podíamos coger cualquiera de tres hilos conductores y nos llevarían a lo mismo: Uno, las canciones elegidas (con un admirable coro, todo hay que decirlo): letras y ritmos bien populares que movían el piso casi tanto como el terremoto de la madrugada. Dos, las preces y las ofrendas, largas y representando a todas las comunidades y grupos de laicos, todos los trabajos prioritarios de Tomás. Tres, la homilía del propio Tomás y las palabras finales del Vicario General -el P. Amadeo Raymi-, del párroco -Guillermo Cornejo- y del propio monseñor Carlos García que se incorporó casi al final y cerró con broche de oro.

Estaba el templo lleno, unas dos docenas de sacerdotes (muchos, amigos de Tomás y entre ellos Gustavo Gutiérrez, el reconocido como padre de la Teología de la Liberación, quien proclamó el evangelio, y otros varios de “esa generación”). A ella el obispo, su vicario y el párroco –más clara y directamente éste último- rindieron una especie de “bien merecido homenaje” por su compromiso, dedicación y ejemplo de entrega para todos los sacerdotes.

Había que acabar la celebración litúrgica -aunque no había cómo- y se hizo, pero invitando a pasar al gran salón para compartir un vinito, un rico ají de gallina –el plato peruano preferido de Tomás- y una chicha morada, además de la infaltable e inmensa torta. También participar, a la vez, en un bien preparado y “surtido” programa de cantos, danzas, bailes y videos que terminaron por rendir al P. Tomás que se fue a descansar. Pero el pueblo siguió celebrando y disfrutando. Y es que como me dijo a mí un compañero cuando cumplí mis 25 años: “Josemari, no eres tú quien debe decir sí o no, la comunidad tiene derecho a celebrarlo”. Así es acá, cuando de celebrar se trata: una sana y bonita manera de agradecer a Dios y agradecer a los que nos honran con su amistad y nos ayudan a crecer como personas y como cristianos.

P. José M. Rojo G.