FESTIVIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR Lc 2, 1-14 Jn 1,1-8

Un niño, unos pañales, un pesebre: Dios nace pequeño, débil y pobre. Acampó entre nosotros, es el Dios con nosotros.

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (profeta Isaías). “Se ha manifestado la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres” (Carta del apóstol San Pablo a Tito). “Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Evangelio de San Lucas). Este era el mensaje que de diferentes maneras nos transmitían las lecturas que leíamos anoche en la misa del gallo. San Juan en el evangelio que se lee el día de Navidad nos transmite esta gran noticia de otra manera utilizando términos de la filosofía griega debido a que los destinatarios de su evangelio son de cultura helenística: “La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Diferentes formas de transmitir la gran noticia que desde anoche resuena en todo el mundo: hoy ha nacido Jesús, hoy Dios se ha hecho hombre, hoy Dios está con nosotros y por eso estamos alegres. Dios no nos ha abandonado a nuestra suerte y aunque nosotros lo olvidemos, Él sigue naciendo en nuestro mundo porque necesitamos su presencia entre nosotros.

Las señales que dan los ángeles a los pastores para que encuentren al Mesías esperado por el pueblo de Israel son: un niño, unos pañales y un pesebre. Se lo dejan bien claro para que no busquen al Mesías en un palacio, bien protegido y lleno de poder. Dios nace pequeño, débil y pobre y desde entonces, si queremos encontrarnos con Él, tenemos que buscarlo en lo pequeño y en los pequeños, en la debilidad y fragilidad, en la pobreza y la marginación. A veces hemos querido buscar a Dios en otros sitios y no lo encontramos porque no está ahí. La Iglesia y los seguidores de Jesús tenemos que volver a las raíces de nuestra fe, a Belén y buscar a Dios donde quiso encarnarse.

“La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” nos dice San Juan. Dios se hace uno de nosotros, carne de nuestra carne, asume nuestra debilidad humana. Dios quiso entrar en nuestro mundo porque no podía salvarnos desde fuera y desde entonces tenemos un Dios que no está lejano y ausente sino cercano y presente. Pero, por resaltar tanto la divinidad de Jesús a veces nos hemos olvidado de su humanidad y hemos transmitido una imagen de Dios lejano, ausente y temeroso. Una imagen de Dios así lleva a una fe basada en el miedo o a relacionarnos con Él como un ser que no tiene nada que ver con nuestro mundo, que nos salvará pero en la otra vida. Esta imagen gráfica de Juan nos quiere comunicar que Dios ha querido estar dentro del mundo, no afuera. Acampó entre nosotros y sigue habitando nuestro mundo, Él está presente en nuestra vida. Dios se humaniza para hacernos a nosotros divinos.

Dios se hace niño, débil y pobre para que pudieran acercarse a Él los pequeños, los débiles y los pobres y por desgracia en determinados momentos de la historia de la Iglesia, y en algunos aspectos todavía hoy, se ha creado una distancia infinita entre ellos y los encargados que transmitir esa salvación de Dios para todos. Dios vino a nosotros, se abajó, para que nosotros pudiéramos ir a Él. La Iglesia y los seguidores del niño que solo tuvo al nacer unos pañales y un pesebre como protección, tenemos que despojarnos de tantas cosas que nos paralizan para poder abajarnos y ponernos en camino hacia los pequeños, los débiles, los pobres, para llevarles la salvación de Dios.

“Vino a su casa y los suyos no lo recibieron, pero a quienes lo recibieron les da el poder de ser hijos de Dios”. Amarga constatación que hace San Juan no solo aplicable al pueblo judío sino también al cristiano. Hoy sigue viniendo a nosotros pero no sabemos reconocerlo. Celebramos la Navidad de una manera que es muy difícil identificar la presencia del niño Dios. Las luces nos deslumbran y no descubrimos la auténtica Luz. Estamos llenos de cosas que nos impiden profundizar en nuestro interior para descubrirle, porque nos hemos quedado en la envoltura y no hemos descubierto el tesoro que encierra. La revelación fundamental del evangelio del día de Navidad, el prólogo del evangelio de San Juan, es que todos aquellos que le reciben, Dios les da el poder de ser hijos suyos. A todos aquellos que son capaces de acogerlo en su corazón, Dios les regala su gracia, se desborda generosamente. Pero para acoger al Dios que se encarna en nuestras vidas es necesario hacer limpieza general, quitar lo que estorba para hacerle sitio. Retirar el egoísmo, el consumismo, la comodidad, la soberbia, el encerrarse en uno mismo, el orgullo, la mentira, la indiferencia ante los problemas, los sufrimientos del prójimo y los descartados de la sociedad.

Dios está con nosotros y no lo conocemos ni hacemos conocer. Cristo sigue siendo desconocido y rechazado en nuestro mundo porque los cristianos oscurecemos el rostro atrayente de nuestro Dios. Debido a las tinieblas de nuestro oscuro corazón no captamos el misterio de amor y el mensaje de conversión a Dios y a los hermanos que transmite la Navidad. Se cumple la afirmación de San Juan: “la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas y no querían que la luz dejara patentes los frutos de su egoísmo”. No lo descubrimos personalmente en nuestra vida, ni lo mostramos con nuestra conducta, porque no hemos captado ni hacemos efectiva la doctrina de las Bienaventuranzas y su mensaje de pobreza, reconciliación, perdón, paz servicio a los demás y opción por la justicia. Solamente cuando captemos esto y lo vivamos será Navidad en nuestro entorno.

El niño de Belén es el signo del amor que Dios tiene al hombre. Él es el reflejo del Dios que nos ama gratuitamente. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, en quien ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres. Dios, para ganarse el corazón del hombre, asume nuestra naturaleza y condición, se hace hombre, se convierte en niño para que lo comamos a besos. Hoy, lo irrelevante para el mundo, lo invisible cobra importancia. El Dios de los cielos se deja tocar, acariciar, besar y adorar.

La Iglesia y los discípulos misioneros de este niño desvalido y pobre, tenemos que seguir este ejemplo de abajamiento, de despojamiento, de humildad, de pequeñez, de pobreza para que a través de nosotros otros se encuentren con el Dios-hombre. Pero sobre todo tenemos que prolongar la acogida, el tocar, acariciar, besar, adorar al niño Dios en aquellos en los que se sigue encarnando, los más pobres y necesitados, los que sufren marginación, hambre, enfermedad y sed de justicia. Él se identifica con ellos: “lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más débiles y pequeños, a mí me lo hacéis”.

Después de seis años de vivir la Navidad en Perú, este año la estoy viviendo en España, con la familia y amigos, pero mi corazón está también allá, en este pueblo peruano que ya es también el mío, en estos momentos difíciles que está pasando y en concreto en la gente del Paraíso, en los cerros del Cono Sur de Lima donde vivo y trato de hacer vida el evangelio del niño que nació en Belén en debilidad, pobreza y pequeñez. Los débiles, los pobres y los pequeños son los que, como entonces, más necesitan recibir esta gran noticia que repetimos cada año pero que sigue siendo actual: Hoy en el mundo, en Perú, en el Paraíso, ha nacido el Salvador, Dios se ha abajado, se ha hecho niño, ha venido a nosotros, está entre nosotros y eso nos tiene que llevar a estar unidos en la esperanza como nos pide el Papa Francisco, al que esperamos con ansia en Perú y que, si Dios quiere, ya estaré entonces allí para recibirlo con los brazos abiertos y recoger ese aire fresco que nos va a traer a la Iglesia de Perú para que salgamos de nosotros mismos y seamos una Iglesia en salida hacia donde están los pequeños, los débiles, los pobres en los que sigue encarnándose nuestro Salvador y donde tenemos que buscarlo para acogerlo, tocarlo y acariciarlo como el regalo más grande que podemos recibir.