Monseñor Oscar Romero
¡Ruega por nosotros!

Día 24 de marzo, fecha fijada en 1980 para silenciar al arzobispo salvadoreño que no aceptó callar y que nunca dejó de hablar, al igual que Moisés y los profetas de la parábola narrada por Jesús, y en la que el mismo Jesús se encargó de garantizarlo, para que el rico no tenga excusa. (Hoy, en nuestro Perú, ahogado en huaycos de corrupción, ante el silencio o larga ausencia de tales profetas, parece que la indignada madre naturaleza, desde su emblemático RIMAC, su hijo río hablador, ya se encargó de hacerlo, enmudeciendo y desenmascarando la deplorable gestión de quienes vienen enriqueciéndose con los cargos y los dineros públicos…)
Desde el punto de vista antropológico del funcionamiento pastoral de una diócesis, lo que el Beato Oscar Romero terminó llevando a cabo hasta aquella mañana Eucarística de sangre, fue, darle al “poder de la diócesis” la institucionalización de un sentido pastoral y de una orientación teológica, jamás antes vista ni oída entre las diócesis latinoamericanas. Salvo, en no pocas iglesias particulares del subcontinente, a partir de Medellín, y de la inmolación del mártir arzobispo latinoamericano, el acostumbrado y aún dominante modelo teológico-pastoral de relacionarse entre pastores y fieles, dejó de ser piramidal y vertical, de arriba para abajo.
En el nuevo modelo teológico-pastoral emprendido por Oscar Romero, los problemas y sufrimientos de los fieles, los anhelos y esperanzas de las mayorías, dejaron de ser ajenos a la agenda de los pastores. El pobre, dejó de ser objeto de lástima y de proselitismo, de puro paternalismo y asistencialismo, para empezar a ser tratado de manera fraternal, como sujeto y protagonista de su propio destino. En una palabra, el pobre empezó a ser tratado como “agente de cambio”, así como a Papa Francisco le gusta considerar al pobre, al relacionarse con los movimientos populares.
Porque, gracias al Concilio, a partir de Medellín y Puebla, sobre la marcha se emprendió un modelo menos asimétrico, más horizontal y comunitario de relacionarse y de plasmar la gestión pastoral. Como hasta este instante, lo están haciendo en el arzobispado de San Salvador, evocando pascualmente la memoria y la presencia de su hoy Beato, ¿quién, en nuestra tierna Diócesis de Lurín, no recuerda acaso, cómo en el naciente Cono Sur de Lima, Germán Schmitz, el querido obispo auxiliar del cardenal Juan Landázuri Ricketts, solía visitar en combi y a pie a las familias de Pamplona y Villa María del Triunfo, a las capillas de Villa El Salvador y a las de San Pedro de Lurín?
En Perú, en la 36° Asamblea Episcopal de 1969, el cardenal Juan Landázuri Ricketts, con todos los obispos, acordó aplicar las conclusiones de Medellín a la vida pastoral de todas las diócesis del Perú. Y este acuerdo fue puesto a prueba de manera insólita y espléndida cuando en mayo 1971, el Consejo Pastoral de El Niño Jesús de Ciudad de Dios se vio jubilosamente respaldado de manera total por el cardenal, el clero de Lima y muchas instituciones de Lima y Perú. Cuando un obispo, dos laicos y un párroco, terminaron apresados, por haberse solidarizado de manera crítica y pública celebrando la Eucaristía para la familia del fallecido Edilberto Ramos y los invasores de Pamplona, futuros fundadores de Villa El Salvador. Y es, además, en este mismo peculiar y gozoso contexto eclesial, y bajo este mismo nuevo modelo teológico-pastoral que destaca en el Perú, entre muchos otros, el testimonio de Luis Vallejos Santoni y José Dammert Bellido, otros dos queridos celosos pastores, con cuyo centenario de nacimiento nos hallamos celebrando este 2017, desde nuestra Diócesis de Lurín.
Desde aquí, y sin apresuramientos, nos alegramos con Papa Francisco y su valerosa gestión para destrabar el proceso de canonización de Oscar Romero. No solo porque compartimos el mismo nombre de su querido país con el de la colonial parroquia Santísimo Salvador de Pachacamac de nuestro Decanato 5. Sino, además, porque con humildad y gozo, nos toca constatar lo siguiente: que el modelo teológico-pastoral que el Papa ha legitimado con la beatificación de monseñor Oscar Romero, y desde el cual viene desarrollando su pontificado, es el mismo modelo en el que la Arquidiócesis de Lima nos concibió, gestó y alumbró como Diócesis, tras décadas de lucha y fe. Modelo de la Arquidiócesis de Lima, de la cual somos fruto y parte de su mismo tejido y de su misma estructura. Efectivamente, la vida de Monseñor Oscar Romero y su proceso de canonización, representa y significa todo un estímulo que puede inspirar y espolear la misión y la responsabilidad teológico-pastoral de Carabayllo, Chosica y particularmente Lurín, las trillizas diócesis de Lima, nacidas juntas al filo del nuevo milenio. Con un saludo muy fraterno a los hermanos y hermanas de la Arquidiócesis de San Salvador y del mundo, y a quienes particularmente, lo consideramos como todo un verdadero héroe de la fe y de la iglesia misionera para el siglo XXI: Beato Oscar Romero, ¡ruega por nosotros!