DOMINGO 4° DEL TIEMPO ORDINARIO Mc 1, 21-28
UNA IGLESIA QUE HABLE Y ACTÚE CON AUTORIDAD, COMO JESÚS Y EL PAPA FRANCISCO.
El evangelio de este domingo cuarto del tiempo ordinario es continuación del evangelio del domingo pasado. Allí veíamos el primer anuncio de Jesús sobre la cercanía del Reino y la primera llamada a los discípulos. Hoy el evangelio se desarrolla en la sinagoga de Nazaret en un día sábado, el día consagrado a Dios por los judíos. El evangelio tiene tres partes: la primera parte narra la predicación de Jesús en la sinagoga; la segunda describe el encuentro de Jesús con un endemoniado y la tercera es la reacción de la gente ante las palabras y las acciones de Jesús.
El día sábado el pueblo de Israel se reúne en la sinagoga para escuchar los comentarios a la ley y los profetas. Se enseña las tradiciones religiosas de Israel. Es en ese contexto en el que Jesús interviene en la sinagoga comentando la palabra de Dios, algo que todo judío adulto podía hacer. La reacción de los que escuchan a Jesús es de asombro y sorpresa pues Jesús habla de forma distinta a como están habituados escuchar a las autoridades judías, los escribas y fariseos. Éstos tienen la autoridad religiosa y política pero les falta la autoridad moral que por el contrario Jesús muestra tener. La enseñanza de Jesús se diferencia de la enseñanza de los escribas y fariseos en que Jesús anuncia con libertad y sin miedos a un Dios bueno, misericordioso, un Dios del perdón y no un Dios justiciero y condenador.
La segunda parte narra el encuentro de Jesús con un endemoniado. En tiempos de Jesús se conocía con esta denominación a todos aquellos que tenían ataques de epilepsia o alguna deficiencia psicológica. Ante el grito del endemoniado Jesús no se acobarda sino que responde con autoridad: “Cállate y sal de él”. Jesús se enfrenta al mal que hay en esa persona acogiéndola y curándola. En una curación dramática Jesús logra liberar al hombre de su violencia interior. Ha puesto fin a las tinieblas y al miedo. En adelante podrá escuchar la buena noticia del reino. Sus palabras despiertan confianza y hacen desaparecer el miedo en un Dios opresor. Suscita el amor a la vida, no el resentimiento.
Jesús une las palabras a las obras, a la curación de manera inseparable y así se lo inculca a los discípulos. En los evangelios podemos leer más de una vez que Jesús mandó a sus discípulos ir al mundo predicando la buena noticia y curando a los enfermos. Jesús nos invita también a nosotros a enseñar no solo con la palabra sino con las obras, acogiendo a las personas que sufren enfermedades físicas o psíquicas, en el cuerpo o en el alma. Como Jesús, sus seguidores debemos acercarnos a estas personas que sufren para intentar aliviar su sufrimiento. Tenemos que ser el rostro de la misericordia y la compasión de Dios hacia el prójimo. La doctrina es importante pero más es el amor al prójimo como Cristo nos amó a nosotros. Si de verdad queremos ser discípulos de Jesús, tenemos que anunciar el evangelio, acoger a los enfermos y combatir el mal que hay en las personas y en la sociedad. Como los profetas verdaderos tenemos que anunciar y denunciar con el riesgo de no ser escuchados e incluso ser puestos en ridículo o perseguidos por ser coherentes con nuestra fe.
La coherencia entre la vida y las obras tiene que darse en nosotros hoy y aquí. Tenemos que ser profetas auténticos de la buena noticia pues vale más un ejemplo que mil palabras. Las actividades de Jesús no son una teoría como no lo es el Evangelio. La lista de las acciones liberadoras que realiza Jesús es larga: cura a los enfermos, da de comer, defiende a los débiles, convive con los pobres. El cristianismo que viene de Jesús es vida, paz, dignidad, respeto.
Nuestro mundo necesita profetas auténticos. No los que recuerdan catástrofes y miserias sino los que anuncian la paz, la alegría y la esperanza. No profetas que sean la voz de los amos del mundo sino profetas que hablen con autoridad como Jesús. No los que ven el futuro y lo predicen, sino aquellos que ven el presente a la luz de la palabra de Dios, que ven más allá de las apariencias; que ven en la historia de la humanidad la obra de Dios; los que saben discernir los acontecimientos para proponer lo que es esencial para el hombre de hoy.
Por desgracia hoy en la sociedad y en la Iglesia lo que hacemos o decimos como cristianos o como Iglesia cada vez llama menos la atención. No hablamos con autoridad moral suficiente. Muchas veces nuestras palabras no se corresponden con nuestros hechos. Pero en nuestra Iglesia y en nuestras comunidades sí hay personas, grupos y organizaciones muy valoradas y respetadas por la sociedad. Personas humildes, austeras, comprometidas con los pobres y con los problemas de nuestra sociedad luchando por la paz, la justicia y la dignidad humana. Tenemos el ejemplo de profetas que no son palabreros sino que saben unir sus palabras a la acción, liberando de los males que hay en las personas y en la sociedad.
La reciente visita del Papa Francisco a Perú ha sido una oleada de aire fresco para la sociedad y la Iglesia peruana. El santo padre nos ha recordado algunos de los graves problemas que tiene nuestro país: la corrupción generalizada con una clase política toda sospechosa y desprestigiada y que impide a los más pobres salir de la pobreza aumentando la desigualdad; la violencia machista e infantil que está produciendo, como nos dijo el Papa, feminicidios e infanticidios; la trata de mujeres y niños utilizados como esclavos sexuales; la destrucción de la casa común con el pretexto de un falso desarrollo que no le importa destruir el gran pulmón que tenemos en los bosques amazónicos, con la tala de árboles y la contaminación de los ríos.
El Papa ha dado una buena sacudida a toda la sociedad peruana, a su clase política y a la Iglesia que, en general, permanecemos indiferentes ante estos problemas y tenemos miedo a denunciar claramente estas amenazas tan graves contra la vida humana y la casa común. La Iglesia, salvo honrosas excepciones, está muy ocupada en otras cosas, que no es que no sean importantes, pero que ante la gravedad de estas otras necesita desplazarlas a un segundo lugar, como ha hecho el Papa en estos días en los que apenas ha tratado de los temas que más están en la boca de los obispos, sacerdotes y la Iglesia en general (ritualismo celebrativo, doctrina, moral sexual, ideología de género…), para centrarse en denunciar estos otros atentados graves contra la vida humana, la dignidad como hijos de Dios, sobre todo de los más pobres y débiles, y la creación de Dios que tenemos la obligación de garantizar para las generaciones actuales y futuras.
Gracias santo padre por despertarnos, por decir las cosas bien claras, por enseñarnos el camino a seguir como Iglesia, como católicos, como consagrados, como miembros de la sociedad civil. Gracias por unir como tú solo sabes hacer unas palabras valientes con unos gestos sencillos pero significativos, que dan credibilidad a tus palabras y hace más creíble esta Iglesia de Perú, con una gran fe como hemos visto estos días, pero también con una falta de coherencia entre lo que se cree, lo que se anuncia y lo que se vive. Una Iglesia que adolece de denuncia profética y de desarrollo de la dimensión social de la fe. Una Iglesia que carece de unidad en su seno como muy bien ha constatado el Papa, con dos estilos de Iglesia muy distintos y que cada uno va por su lado, lo cual es un anti testimonio que repercute en la esperanza. Necesitamos en nuestra Iglesia profetas que nos unan en la esperanza y no que ahonden en crear brechas infranqueables que llevan a la pérdida de credibilidad y de esperanza en la sociedad peruana. Necesitamos discípulos y misioneros que con palabras valientes denuncien las injusticias que causan sufrimiento en los más pobres. Necesitamos discípulos y misioneros que caminen por esta gran ciudad de Lima, como nos pedía el Santo Padre, por sus periferias físicas y existenciales, por los puentes y los cerros desérticos donde van a parar los descartables de esta sociedad consumista e insolidaria. Santo Padre: ¡Unidos en la esperanza!