IV DOMINGO DE CUARESMA

Llamados a ver con los ojos de Dios

Hermanos y hermanas:

Este cuarto domingo de cuaresma, a través del episodio de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41), el evangelista Juan nos revela que Jesús es la Luz del mundo: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.” Él es la luz que guía nuestra vida. Es la luz que permite al ciego ver, no sólo con los ojos físicos, sino también con los ojos de la fe, ver la vida y el mundo de manera nueva: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo … ¿Crees tú en el Hijo del hombre? El contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor.” También, como dice San Pablo, los cristianos por el bautismo “son luz en el Señor”. En consecuencia, nuestra moral consiste en “caminar como hijos de la luz” en “toda bondad, justicia y verdad”, buscando siempre lo que agrada al Señor (Ef 5,8-14). Los cristianos somos los que miramos a los demás y al mundo con la luz de Cristo, con los ojos de Dios.

A partir del evangelio podemos preguntarnos si nosotros miramos a los pobres y excluidos, como Jesús mira al ciego o si miramos como los fariseos. Los fariseos ven un ciego insignificante, un estorbo, un desgraciado, un pordiosero. Jesús ve con el corazón, ve una persona, una posibilidad, alguien que puede colaborar con el proyecto de Dios. Jesús ve y pasa a la acción, toma la iniciativa y provoca un cambio radical en el ciego que se convertirá en un valiente testigo de Cristo. Jesús nos revela que Dios cuenta con los pequeños, los pobres y los sencillos. Dios hará del pastorcito David el rey más grande de su pueblo (1S 16,1-13), y hará del ciego un testigo del Reino.

Hoy, Jesús nos invita a ver el mundo y las personas con el corazón, con los ojos de Dios: “Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve con el corazón.” No miremos las apariencias, veamos el corazón de las personas, su bondad, sus valores, sus posibilidades. Para ver con los ojos de Dios, para que nuestra mirada esté purificada de prejuicios, egoísmos, pecados, lavemos nuestros ojos con la luz de Cristo. Jesús nos pide ver como él, nos pide ser luz para los demás.