DOMINGO 4° DEL TIEMPO DE ADVIENTO Lc 1,26-38
Alégrate, no temas. He aquí la esclava del Señor.
Hoy no escribo desde los cerros del Paraíso sino desde el frío invierno del campo charro en mi pueblo, El Cubo de Don Sancho, Salamanca, Castilla y León, España.
Estamos en el cuarto domingo de adviento, la cuarta etapa de este camino hacia la Navidad que es el adviento. Hemos encendido la cuarta y última vela de la corona de adviento que nos va marcando el camino. Hoy nos indica que estamos llegando al final, que la Navidad está cerca. Este año más cerca pues al caer el cuarto domingo de adviento el 24 de diciembre prácticamente son solo tres semanas de adviento.
Si en estos domingos los protagonistas del tiempo de adviento han sido los profetas Isaías y Juan el Bautista, hoy desaparecen ya y la única protagonista es María, la mujer humilde de Nazaret, que supo preparar su corazón para que Dios pudiera venir a nuestro mundo, para que se hiciera carne de nuestra carne, para acampar entre nosotros.
El evangelio está tomado de San Lucas pues San Marcos, el evangelista propio de este ciclo B, como sabemos, no narra estos episodios que en Lucas se conocen como el evangelio de la infancia de Jesús, empezando su evangelio con un Jesús ya adulto que se pone en la fila de los pecadores que se van a bautizar con Juan Bautista en el rio Jordán. San Lucas, al igual que San Mateo, sí nos narra este relato de la anunciación y del nacimiento y por eso se leerán estos evangelios en estos días de Navidad.
Lo primero que hace San Lucas en este relato evangélico que leemos en este cuarto domingo de adviento es situar los personajes y el ambiente donde tiene lugar la escena: el ángel Gabriel, una joven llamada María y desposada con un hombre de la casa de David, José y la aldea de Nazaret en la región de Galilea. Se unen en la descripción la humildad de una muchacha de una aldea perdida en una región marginal como Galilea y, por otro lado, se hace entroncar a esta joven con la dinastía del rey David por su esposo José para así enlazar con las profecías mesiánicas de que el Mesías sería descendiente de David.
La primera palabra que el ángel pronuncia ante María es “alégrate”. Gabriel la invita a la alegría y el motivo de esa alegría es que el Señor la ha llenado de gracia, el Señor está con ella. Esa es la alegría que tenemos que pedirle en estos días de Navidad al Señor, que nos llene de su gracia, que venga a nosotros y se quede entre nosotros. Necesitamos esta alegría de verdad en medio de tantas invitaciones a la alegría que nos ofrecen una alegría superficial, pasajera, falsa. La alegría de la sociedad de consumo no es la alegría que quiere transmitir el ángel a María. Necesitamos recuperar en nuestra Iglesia y en nuestras comunidades esta alegría si no queremos convertirnos en una Iglesia envejecida y gastada. El Papa Francisco, en la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”, el evangelio de la alegría, que es su programa para la Iglesia en los próximos años, invita a toda la Iglesia a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría.
A continuación el ángel Gabriel le dice a María “no temas”. El ángel quiere tranquilizarla ante esta visita desconcertante y más aún ante lo que le va a comunicar y por eso quiere quitarle todos sus temores. En el evangelio de Nochebuena, también el anuncio a los pastores empieza con las mismas palabras: “No teman”. Nada hay que temer cuando Dios está de por medio. Hace unos días celebrábamos la festividad de la Virgen de Guadalupe, patrona de América, y recordábamos esas palabras a Juan Diego: “por qué tienes miedo, ¿no estoy yo aquí que soy tu madre?”. La Virgen María transmite lo que ella recibió, la confianza que ella recibió ante la presencia de Dios que quita todos los miedos. Tenemos muchos miedos que nos paralizan a los discípulos y misioneros y nos impiden caminar con esperanza mirando al futuro. Nos encerramos en las seguridades del pasado y de nuestros ambientes eclesiales. El Papa Francisco nos pide que no tengamos miedo a salir: “prefiero una Iglesia accidentada y herida antes que una Iglesia enferma por cerrarse sobre sí misma”. Pero cuánto nos cuesta dejar nuestras seguridades y salir a las periferias físicas y existenciales.
María no entiende cómo puede suceder el concebir un hijo sin tener relación con ningún hombre, estaba desposada con José pero todavía no vivían juntos. Pero el ángel le explica que eso no es impedimento para Dios porque para Él nada hay imposible. María pregunta porque no entiende. A Dios se le puede preguntar lo que no entendemos, es posible dialogar con Él. Dios responde de una u otra manera a nuestras interrogantes. Quiere que confiemos en Él que soluciona nuestras objeciones, nuestras excusas y pretextos. Dios puede solucionar todos los problemas y dificultades si se los confiamos a él.
El signo que le da el ángel a María, para que crea que Dios puede hacer surgir una vida de ella por obra del Espíritu Santo, es lo que le ha sucedido a su “parienta Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya está de seis meses la que llamaban estéril”. Como en otros casos en la biblia, Dios es capaz de crear vida donde aparentemente es imposible. Solo basta tener confianza en Él y lo estéril se puede volver fecundo, lo viejo en nuevo, la muerte en vida.
Cuando María tiene claro que Dios está de por medio ya no duda un momento aunque humanamente siga sin entender ese misterio que Dios va a hacer en ella. No duda en su respuesta: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra”. María abre todo su corazón a Dios. Se pone en actitud de disponibilidad absoluta para Él, sin reservas, sin condiciones. Al abrazar la voluntad de Dios María se consagra totalmente a la obra de su hijo. Entra de lleno en el plan de salvación de Dios no como un instrumento meramente pasivo en sus manos, sino que va a colaborar con su hijo en la redención humana con una fe y un compromiso total y personal con Dios, al que se mantendrá fiel de por vida aún sin llegar a entender ese misterio. Hoy somos más reacios a estos compromisos de por vida, a esta disponibilidad absoluta hacia Dios. Nos da miedo comprometernos, tomar decisiones que impliquen poner toda la vida en ello. Necesitamos mirar mucho a María como modelo de disponibilidad total y sin reservas.
La disponibilidad total para Dios en María no la inmoviliza sino que la pone en camino hacia su prima Isabel. La disponibilidad para Dios que no lleva a la disponibilidad para los hermanos no es auténtica. Esta es la prueba de que Jesús nacerá en nuestros corazones esta Navidad: que nos ponemos en camino hacia el otro, que salimos de nosotros mismos, de nuestro egocentrismo, de nuestra comodidad para comunicar, como María, lo que llevamos dentro, la buena noticia de que Dios se hace hombre y por eso los hombres podemos llegar a Dios.
En esta semana han sucedido acontecimientos importantes en el Perú como es la votación para la vacancia del Presidente, que no se ha llevado a cabo por falta de apoyo de los congresistas necesarios, y la elección por parte del Jurado Nacional de Elecciones del teniente alcalde de Villa María, tan corrupto o más que el anterior, como nuevo alcalde. No me quiero quedar sin una palabra sobre esto aunque sea breve por haberme alargado ya mucho. Esperemos que estos acontecimientos sirvan para que el pueblo se despierte y haga oír su voz pidiendo que se acabe de una vez con la corrupción que tanto daño hace al país impidiendo su progreso. Además, el pueblo tiene que abrir bien sus ojos para no votar por personas sin escrúpulos que lo único que les interesa son sus ambiciones de poder y económicas y no el bien común de los ciudadanos, especialmente de los más pobres. Nosotros, la Iglesia católica, que estamos preparando la venida del Papa Francisco, tenemos gran responsabilidad en la formación de la gente para que no se deje engañar y no se calle ante las injusticias. Estoy seguro que el Papa Francisco nos va a dar un buen remezón pues creo que no estamos haciendo todo lo que deberíamos hacer como discípulos y misioneros de quien vino y viene cada año a hacer de nuestro mundo un cielo y una tierra nueva donde habite la justicia.