DOMINGO 3° DEL TIEMPO ORDINARIO Mc 1, 14-20

Para acoger el Reino que llega con Jesús es necesaria la conversión.

El evangelio de este domingo tercero del tiempo ordinario tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera parte el evangelista Marcos narra el comienzo de la predicación de Jesús: ha llegado el Reino y es necesario convertirse. La segunda parte es la llamada a los primeros discípulos a su seguimiento.
El comienzo del texto que hemos leído nos narra cómo la misión de Jesús empieza cuando Juan el Bautista es arrestado. Juan ha preparado el camino para la venida del Señor. Ahora se inicia el ministerio de Jesús. Al silenciarse su voz profética, Jesús toma el relevo y comienza su actividad apostólica y precisamente en Galilea proclamando el Evangelio del Reino y la necesidad de conversión. Jesús comienza su proclamación y, como primera señal de cercanía del Reino, la llamada a los primeros discípulos.
Jesús hace cuatro afirmaciones fundamentales. La primera es que el tiempo se ha cumplido, que ha llegado el momento decisivo de la historia y, con Jesús irrumpe el momento definitivo de la revelación de Dios. El reino que Jesús anuncia es una realidad nueva que toca todos los aspectos de la existencia humana. La segunda afirmación es que el Reino de Dios está cerca y las consecuencias de su cercanía ya se pueden experimentar. La tercera parte es una llamada a la conversión. Después de experimentar esa cercanía del Reino de Dios a favor de las criaturas, se trata de cambiar la mentalidad, dejarse atravesar totalmente por esa experiencia nueva. La última parte es la llamada a que crean, a la fe en el evangelio: esta buena nueva es creíble, tiene fiabilidad, merece toda nuestra confianza.
El tiempo de espera que vive Israel ha acabado y comienza una era nueva. Dios no deja solos a los hombres con sus problemas y sufrimientos. Dios va a cumplir las promesas hechas a los profetas de que vendrá personalmente a traer esperanza a su pueblo sumido en el sufrimiento, injusticia y desesperación.
Para acoger el Reino que llega con Jesús es necesaria la conversión. No es posible vivir como si nada estuviera sucediendo. Dios pide a sus hijos colaboración. Cambiar la manera de pensar y de actuar. Despertar de la indiferencia. Creer que es posible humanizar el mundo. Creer en la fuerza liberadora del Espíritu que hace posible la transformación de las personas y del mundo. El Reino de Dios empieza por la conversión del corazón. En el interior del hombre, en su corazón, es donde ha de germinar la minúscula semilla del Reino, porque es del corazón de las personas de donde brota todo lo bueno y lo malo que vemos en el mundo. Solamente si nos convertimos a los valores del Reino abandonaremos los criterios del mundo y del hombre terreno, asimilando las actitudes básicas de las Bienaventuranzas: pobreza, hambre y sed de justicia, fraternidad, solidaridad, no violencia, reconciliación, perdón y amor al hermano, incluso al enemigo.
Convertirse significa volverse hacia la luz que apareció en Jesús. Ver que hay que reorientar la propia vida hacia nueva dirección. Colocarse en el camino nuevo que Jesús, como primera persona, ha recorrido.
Sin la conversión interior es un engaño y una utopía imposible el cambio de estructuras en la familia y en la sociedad, en la política y en la economía. Únicamente la levadura que actúa desde dentro, es decir la opción evangélica, puede transformar la masa entera y hacer efectivo el proyecto del Reino en nuestra vida y nuestro mundo.
La conversión tiene que ir acompañada de la adhesión de fe en Cristo. Convertirse y creer son dos realidades inseparables. Creer es una adhesión total al Reino, que se manifiesta en Jesús. Es decir, creer es seguir a Jesús, convertirse es recorrer los caminos del Señor, conocer el querer de Dios, su voluntad y hacer de esa voluntad el propósito de la propia vida.
La vocación de los primeros discípulos es para el evangelista Marcos el ejemplo concreto de la fe y la conversión necesarias para seguir a Jesús. El discípulo es alguien que ha encontrado a alguien. Jesús se presenta continuamente en camino, la sustancia del Evangelio se resume en el seguimiento de Jesús. La oferta osada de Jesús: de pescadores de peces a pescadores de hombres implica que Jesús no se conforma con lo que somos sino que nos hace ser más. Los cuatro discípulos creyeron la llamada de Jesús y lo siguieron inmediatamente con todas las consecuencias. Lo dejaron todo incluido la familia y los bienes y comenzaron a vivir la vida y el estilo de Jesús anunciando el Reino. Jesús les pide radicalidad y entrega. Seguir a Jesús, no es una adhesión intelectual o una doctrina sino que implica la vida entera.
Ser pescadores de hombres por la acción que Jesús realiza en cada uno de nosotros, sus discípulos de hoy, significa dar mayor contenido y calidad cristiana a cualquier actuación en nuestra sociedad. Captar personas y ganarlas para el Señor y su Evangelio, acogiéndolas e invitándolas a formar parte de su Iglesia y, desde ella, hacerles la propuesta de la evangelización, tiene que ser el quehacer diario que defina la misión que nos encomienda. Jesús elige a personas sin ninguna experiencia en ser pescadores de hombres. Ahora bien, les pide voluntad, coraje, valentía, porque Él les ayudará. Ser testigos que invitan a optar por el Señor y por la vida plena que Él propone.
Estamos en plena visita del Papa Francisco a Perú y las palabras de este Evangelio que escuchamos hoy se hacen vida en el testimonio, los gestos y el mensaje del Santo Padre a los peruanos. El Reino de Dios está cerca porque hay muchos motivos de esperanza en el Perú, pero es necesario combatir las sombras que se ciernen como una amenaza sobre esa esperanza. No es posible defender esa esperanza sin una conversión de los corazones que lleve a la conversión de las estructuras sociales que impiden que el Reino de Dios se haga realidad combatiendo la minería informal, la corrupción, la contaminación de los ríos, la destrucción de los bosques, la trata de personas, la mano de obra barata y el abuso sexual de niños y mujeres. El Papa nos ha pedido que seamos un grito a la conciencia y memoria viva de la misión que Dios nos ha encomendado a todos de cuidar la casa común, pues defender la tierra es defender la vida. Por eso la Iglesia católica tiene que seguir acompañando la vida del pueblo peruano para que el Perú continúe siendo una tierra de esperanza. Eso implica que no podemos quedarnos callados, que la denuncia profética es una obligación de la Iglesia y de cada uno de los discípulos misioneros que queremos seguir con radicalidad el camino del profeta de Nazaret. La Iglesia no tiene autoridad política pero tiene autoridad moral como nos lo ha mostrado el Papa Francisco y después de esta visita no es posible que todo siga igual. Su visita tiene que ser el inicio de una Iglesia nueva en el Perú, una Iglesia humilde, pobre, valiente y creadora de esperanza para todas las sangres que viven en este país.