DOMINGO 3° DEL TIEMPO DE ADVIENTO Jn 1, 6-9.19-28.

Domingo “Gaudete” (alegría). El Señor está cerca. El Papa está cerca, preparémonos bien con la Esperanza y Unidad como él nos pide.

Estamos ya en el tercer domingo de adviento. Encendemos la tercera vela que nos va marcando este camino hacia la Navidad que va llegando a su fin. La liturgia de este día es una invitación a la alegría, desde la antífona de entrada, la primera lectura de Isaías, el Salmo tomado del Magníficat (Lc 1, 46-54) y la segunda lectura en la cual san Pablo le ruega a los Tesalonicenses que estén siempre alegres. Una alegría que no tiene nada que ver con la alegría superficial, pasajera, mundana y consumista a la que nos invitan los anuncios televisivos, los grandes almacenes y las calles. La alegría a la que nos invita la liturgia de este tercer domingo de adviento es una alegría más profunda, más auténtica, más duradera. Es la alegría porque ya se acerca el Señor. Alegría porque Dios sigue viniendo a nuestro mundo encarnándose en la naturaleza humana y en el mundo para transformar al hombre y al mundo. Ése es el motivo que nos llena de gozo y alegría desbordantes.

El evangelio de este domingo no es el de san Marcos, como corresponde a este ciclo B, sino el de san Juan porque este episodio que leemos hoy no viene en el evangelio de Marcos. Las autoridades judías están intrigadas con la predicación y el bautismo de Juan el Bautista y por eso envían unos emisarios desde Jerusalén para interrogarlo. Su objetivo es pedirle cuentas por sus palabras tan fuertes y por ese bautismo de conversión de los pecados.

Juan el Bautista responde a sus preguntas con humildad y sencillez. El Bautista no ha caído en la vanidad y soberbia de darse importancia, de embriagarse con el aplauso de la gente que lo tiene por el Mesías. Sabe muy bien que su persona y su ministerio están en segundo plano porque el importante es el Mesías y no Él. Esto se nos olvida veces aunque se nos llene la boca diciendo que todo lo hacemos por Dios y por el prójimo, pero no es así, hacemos las cosas buscando el aplauso, la alabanza, satisfacer nuestro egocentrismo.

Decía santa Teresa de Jesús que “la humildad es andar en verdad”. La humildad bien entendida lleva a la verdad. Hay que manifestar lo que uno es, ni más ni menos, ni aparentar lo que no se es, ni ocultar lo que se es. Juan Bautista expone con claridad quién es y quién no es. El Bautista dice que él no es la palabra sino la voz que antecede a la palabra. No es la luz sino el testigo de la luz. No es el Mesías su mensajero, el precursor. Juan el Bautista da testimonio profético uniendo a sus palabras su coherencia de vida. Con su estilo de vida austero en el vestir y en el comer hace creíbles sus palabras. No tiene miedo en hacer denuncia profética de aquello que no va en consonancia con lo que Dios quiere aunque eso le va costar la vida. Es un testigo auténtico, cualificado, verdadero a quien debemos seguir.

La figura del Bautista puede ayudarnos hoy a preguntarnos cuál es nuestra profunda actitud en este Adviento. ¿Esperamos al Salvador? ¿Somos conscientes de que hay Alguien más grande que nosotros? ¿Experimentamos la necesidad de ser salvados? Hemos de estar alertas a no caer en una actitud de inercia espiritual como la de las autoridades religiosas judías, quienes debiendo estar atentos a la llegada del Mesías, vivían ocupados en sus intereses y no en los del Señor. Como Juan, es preciso identificar siempre la Palabra, escucharla y dar testimonio de ella. En nuestro mundo es preciso ser voz que proclama la única Palabra que salva: Cristo. Ese debe ser nuestro compromiso en el adviento. Ser la voz de la Palabra implica también ser la voz de los que no tienen voz y contrarrestar a los que tienen demasiada voz.

Queda un mes para la visita del Papa al Perú. El Santo Padre ha mandado un mensaje al pueblo peruano donde dice que “con su presencia en enero del 2018 tiene como propósito fortalecer la fe del pueblo peruano y llevarles un mensaje de unidad y esperanza”. En primer lugar fortalecer la fe. Perú es un país muy religioso pero poco cristiano pues los valores del Evangelio no están bien enraizados en la sociedad. La fe se queda en la superficie sin penetrar en lo profundo de la persona y sin afectar todos los ámbitos de su vida. Muchas veces las devociones populares son incluso como un antídoto para no comprometerse en medio de la sociedad para ser fermento en la masa y transformarla. Espero que el Papa Francisco nos fortalezca para que nuestra fe salga del ámbito de lo privado y se introduzca en la vida pública.

Nuestro país atraviesa por problemas muy graves como son la corrupción generalizada. Vamos camino a ser el único país del mundo que tiene todos sus últimos presidentes en la cárcel. Creo que la Iglesia católica tiene mucho que decir en este tema pues son muchos los niños, jóvenes y adultos que pasan anualmente por las parroquias y colegios católicos, de donde deberían salir con una formación moral y ética que contribuyan a erradicar este mal generalizado de la corrupción que impide el desarrollo y progreso del país manteniendo a un amplio sector de la población peruana, en provincias y en los suburbios de Lima, en la pobreza.

Otro de los problemas graves que tiene nuestro país es la violencia machista e infantil. Las violaciones a mujeres y niños y los maltratos machistas en vez de disminuir van aumentando. Esto implica que hay algo que falla, que nuestra sociedad está enferma. La Iglesia católica y las otras confesiones cristianas las veo muy tibias a la hora de denunciar este grave problema que cada año se lleva por delante miles de vida dejando otras muchas heridas de por vida. Estamos muy ocupados en otros temas en los que gastamos todos nuestros esfuerzos y recursos (léase aborto e ideología de género) y ya no nos queda ni tiempo ni fuerzas para combatir este mal que clama al cielo.

El Papa nos dice también en su mensaje que “son un país que tiene muchas reservas, la reserva más linda que puede tener un pueblo son sus santos”. Sí, tenemos grandes santos como santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa de Lima, san Martín de Porres… Pero creo que la devoción a estos santos se queda en muchas ocasiones en algo superficial, costumbrista, festivo; pero no nos lleva a imitarlos, a seguir su ejemplo siendo, como lo fueron ellos en su tiempo, agentes de transformación personal y social con su palabra y su testimonio de vida.

También nos dice el santo Padre que “miremos el futuro con esperanza, hagámoslo porque así lo prometió el Señor y vayamos de la dispersión a la unidad. Quien trabaja por la unidad, mira hacia adelante, hacia el futuro”. La falta de esperanza y de unidad es algo que se ve en todos los ámbitos de la sociedad peruana. Ante la situación política actual tanto del gobierno de la Nación, como del Congreso, de los gobiernos regionales y municipales, de la justica y las grandes empresas, donde parece que a nadie le interesa trabajar por el bien común, se ven síntomas de haber perdido la esperanza de que algún día pueda cambiar esto. El Papa Francisco es un profeta de la Esperanza y tiene que hacernos revertir esta actitud derrotista. El santo Padre nos tiene que lanzar a la calle llenos de Esperanza y contagiar a la sociedad peruana desesperanzada.

El Papa nos pide que trabajemos por la unidad como único camino para ir hacia adelante, hacia el futuro. La falta de unidad es algo que se palpa en todos los ámbitos: político, social y religioso. Cada uno va a lo suyo, se busca más lo que divide que lo que une, nadie cede a sus ideas uniéndose a otros por el bien común sino que lo que importa es defender cada uno sus intereses, sus proyectos, sus ideologías a costa del enfrentamiento y la división social. Lo mismo ocurre en la Iglesia, donde es más lo que nos une que lo que nos separa, la misma fe en Cristo, pero salen más a la luz las diferencias de mentalidad, ideológicas, pastorales, doctrinales y litúrgicas con lo cual no damos un buen testimonio de los valores evangélicos.

Sí, santo Padre esperamos con impaciencia su presencia, su palabra valiente, esperanzadora y fomentadora de unidad que levante nuestra cobardía para ser testigos creíbles del Evangelio, nuestra desesperanza en transformar nuestro mundo y nuestra Iglesia, el compromiso por la unidad, pues es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Que nos haga salir de las sacristías, de las ocupaciones intraeclesiales y nos lleve a comprometernos con los graves problemas que tiene nuestro país para ser agentes de cambio, de transformación, para que nuestro país se vaya acercando a ese cielo y tierra nuevos donde habite la justicia que anunciaban los profetas y que recordamos en la liturgia de este tiempo de adviento.