DOMINGO 2° DEL TIEMPO ORDINARIO Jn 1, 35-42

Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad.

Con la festividad del bautismo del Señor, el domingo pasado, terminábamos el tiempo litúrgico de Navidad para empezar el tiempo ordinario en su primera parte, pues lo interrumpiremos con la llegada de la cuaresma. Durante los domingos del tiempo ordinario iremos siguiendo la vida diaria de Jesús donde vamos a conocer su mensaje, su estilo de vida, su misión. Hoy, el evangelio de San Juan nos presenta el primer encuentro de Jesús con los primeros discípulos que lo siguen: Juan y Andrés, que eran discípulos de Juan Bautista. Fue tal el impacto de ese encuentro que, cuando San Juan escribe el evangelio, muchos años después, se acuerda perfectamente de la hora en que tuvo lugar ese encuentro con Jesús.

El evangelio de San Juan, tras el prólogo que leíamos el día de Navidad, continúa con un bloque de narraciones que se conocen como la semana inaugural del ministerio de Jesús. Este bloque empieza con un primer testimonio de Juan sobre el mesías a los enviados por las autoridades judías. Al día siguiente aparece en escena Jesús, al que Juan califica de “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Al tercer día es el evangelio que hemos leído hoy donde Juan encamina a sus discípulos hacia Jesús. Al cuarto día Juan narra la llamada a otros discípulos: Felipe y Natanael. El evangelista San Juan culmina este bloque de la semana inaugural de la misión de Jesús en el capítulo segundo, que comienza con la expresión “tres días después”, o sea, al séptimo día, con lo cual concluye la semana con el episodio de las bodas de Caná, donde Jesús dio comienzo a los signos y manifestó su gloria.

Este texto que hemos leído hoy tiene tres partes diferenciadas. La primera parte nos narra cómo Juan Bautista presenta Jesús a sus discípulos, como el Cordero de Dios a quien tienen que seguir. La segunda parte nos describe el diálogo entre Jesús y los discípulos de Juan Bautista, Juan y Andrés. La tercera parte del relato nos presenta a Andrés llevando a su hermano Simón donde Jesús y cómo, cambiando su nombre por Cefas, piedra, le confiere la misión de ser cimiento sobre el que va a construir el nuevo pueblo de Israel, la Iglesia.

Juan el Bautista no duda en ceder sus discípulos a Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él ha sido la mediación para llevarlos a Jesús pero una vez cumplida su misión se retira. Dios nos llama a cada uno por nuestro nombre pero se sirve de mediaciones humanas. La vocación nace y se desarrolla a la luz de la realidad que nos interpela y del ejemplo de personas cercanas cuya vida nos edifica.

El diálogo entre Jesús y los apóstoles muestra cómo es el camino de la vocación al seguimiento de Cristo. La vocación es la respuesta a una llamada que el hombre recibe de parte de Dios. Quien toma la iniciativa es el que llama, el Señor. La llamada es pura gracia, don que Dios da. Dios se fija en cada persona concreta a la que llama a su seguimiento y la llama por su nombre. Con ello nos está diciendo que nos ama, que cuenta con nosotros y pide nuestra colaboración para trabajar por el Reino.

Pero solo oye la voz de la llamada el que está atento, despierto y en búsqueda, como Juan y Andrés que están buscando algo, y Jesús se sirve de esa búsqueda para salir a su encuentro. Lo más honrado que puede hacer el ser humano es buscar. No cerrar ninguna puerta, no desechar ninguna llamada. Buscar a Dios con todas las fuerzas y con toda la fe, en las alegrías y en las penas, en los éxitos y en los fracasos, en las alabanzas y en las críticas, en la paz y en el sufrimiento. Dios no se esconde de quien le busca con sinceridad. Dios está en el interior de esa búsqueda, se deja encontrar por quien lo busca.

Tras la llamada hay un discernimiento para aclarar mejor por dónde tenemos que ir. No es fácil. Necesitamos quien nos acompañe. El paso de Jesús por nuestra vida no es fácil de apreciar. Hay mucho ruido a nuestro alrededor y por eso no podemos escucharlo bien. El proceso de la vocación necesita de mucha oración, reflexión y consejo pues no siempre percibimos la palabra con claridad. Lo más importante para una persona es acertar con su vocación, con la vocación que Dios le ha dado. Para conseguir esto es necesario saber escuchar, estar siempre en actitud de escucha, no dejar que nuestros egoísmos y pasiones nos confundan.

Jesús no se conforma con que lo oigan. Para ser su discípulo no basta aprender su palabra sino que también es necesario conocer el ejemplo de su vida. Las palabras tienen que ir acompañadas de un ejemplo coherente y de acuerdo con lo que decimos. Nuestra Iglesia necesita más de testigos que de predicadores y maestros. Hoy no arrastran las palabras bonitas sino los ejemplos, los testimonios son los que contagian.

Una vez que sentimos la seguridad de que Dios nos llama entra en juego la respuesta que Dios espera de nosotros Una actitud de entrega sin condiciones, de docilidad total. Somos conscientes de que lo que Dios quiere es sin duda alguna lo mejor, pero nos cuesta aceptar la voluntad de Dios tan contraria a la nuestra. Nos empeñamos en seguir nuestro propio camino. Hay que rectificar y recorrer la ruta que el Señor nos indica sin importar que el sendero vaya cuesta arriba, con tal de que sea el sendero que Dios nos indica.

Hace unos días he cumplido 24 años de ordenación sacerdotal. Además tuve la suerte de celebrar la Eucaristía ese día con las personas que estuvieron acompañándome en el momento del discernimiento de mi vocación sacerdotal. Ese día hemos recordado juntos cómo fueron esos años previos a la decisión de ser sacerdote. Cómo el Señor me fue tomando de la mano y conduciéndome por donde él quería a pesar de que yo una y otra vez me iba por mi camino huyendo del camino que el Señor quería que siguiera. Pero Dios siempre se sale con la suya y al final terminé de resistir a su llamada respondiendo a ella con mi entrega y disponibilidad.

No han sido fáciles estos 24 años de sacerdote. Han sido muchas las pruebas que he pasado en el camino y en ocasiones me he visto tentado a abandonar. Pero como dice San Pablo: “Mi gracia te basta que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza. Cuando me siento débil es cuando soy fuerte”. He sentido la fuerza de Cristo que me llamó a seguirlo y que no me ha dejado de la mano en tantos momentos en que he caído, en que me he visto totalmente hundido, derrotado, sin fuerzas. Pero ahí es cuando se nota que el que te llama y te quiere en su servicio no te abandona sino que camina a tu lado levantándote, fortaleciéndote, animándote. Así lo he sentido en mi vida y por eso doy gracias a Dios y proclamo como María las grandezas del Señor que ha elegido a este humilde siervo para trabajar en su Reino y aceptar su voluntad, sin entenderla muchas veces, porque es el único camino para encontrar la felicidad.