II DOMINGO DE CUARESMA

Seamos cristianos que escuchan a Jesús

Hermanos y hermanas:

En este segundo domingo de Cuaresma, en el maravilloso episodio de la Transfiguración del Señor (Mt. 17,1-9), la voz del Padre nos dice: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo.” Este mensaje nos revela que los cristianos nos definimos por la escucha de la Palabra de Dios, por estar atentos a la voz del Señor, por dejarnos interpelar y transformar por su Palabra. Llegamos a ser discípulos de Jesús escuchando su Palabra.

Abraham es ejemplo de escucha de la voz de Señor (Gn. 12,1-4): “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo …Y se puso Abraham en camino, como se lo había ordenado el Señor” Abraham, escucha, obedece y se pone en camino hacia una tierra nueva que no conoce. A sus 75 años se pone en camino, porque supo escuchar y reconocer la voz de Dios en su vida.

Sin saber a dónde iba, partió sólo con la confianza y la esperanza puesta en Dios. El ejemplo de Abraham nos dice que no hay edad para desinstalarnos de nuestras costumbres y actitudes e ir hacia experiencias nuevas que Dios nos propone. No seamos cristianos que viven sin escuchar y obedecer a Jesús. No seamos como muchos que dicen: “Yo soy así. Ya estoy viejo para cambiar.” Seamos cristianos que se definen en la escucha y la obediencia al Señor. Con el Señor nunca es demasiado tarde para cambiar, para ser mejores, para salir en misión.

Todos los domingos en la Eucaristía, estamos en la “montaña” y escuchamos la voz del Padre que nos dice: “Éste es mi Hijo, el amado. Escúchenlo.” En cada Eucaristía el Señor nos anticipa, también, su gloria. Como los apóstoles quisiéramos también detener esta experiencia de eternidad, pero tenemos que volver a nuestros quehaceres y seguir escuchando al Hijo. Sólo escuchando y obedeciendo al Hijo nos preparamos para la eternidad feliz. En cada eucaristía el Señor, después de fortalecernos, al final, nos anima a retomar nuestras responsabilidades: “Levántense, no teman.” El Señor nos invita a no instalarnos en la mediocridad o en lo de siempre, a no evadir nuestra misión.

Sepamos descender de la montaña para hacer, como el padre Abraham, lo que el Señor nos mande.