DOMINGO 1° DEL TIEMPO DE ADVIENTO Mc 13, 13-37
Estén despiertos y vigilantes. La visita del Papa Francisco a Perú.
Con el primer domingo de adviento comenzamos un nuevo año litúrgico, este año será el ciclo B, donde el evangelista San Marcos será el que nos acompañe en los evangelios dominicales. El tiempo de adviento es uno de los tiempos fuertes, junto a la cuaresma, pues prepara para un tiempo central en el año litúrgico como es el tiempo de Navidad. Es un tiempo de preparación, de conversión, de espera en la esperanza. Durante cuatro domingos antes de la Navidad la Iglesia se prepara para la celebración del nacimiento del Señor. Cada año celebramos que Jesús vino, viene y vendrá. Jesús vino hace ya más de 2000 años a nuestro mundo, se encarnó en la naturaleza para salvarnos y vendrá por segunda vez en la “parusía”, al final de los tiempos. Entre la primera y la segunda venida se sitúa el tiempo de la Iglesia donde, recordando la primera venida, nos preparamos para la segunda, con la celebración de la venida actual cada año. Jesús viene cada año a nuestros corazones, a nuestro mundo. Jesús sigue necesitando de nosotros, como necesitó de María, para seguir encarnándose entre nosotros cada año por Navidad. El adviento es preparar el corazón como hizo María para hacer realidad el deseo de Dios de hacerse uno de nosotros, para entrar en nuestra historia y cambiarla.
El evangelio que San Marcos nos presenta este primer domingo de adviento está en continuidad con los que hemos visto los tres últimos domingos del tiempo ordinario. Pertenecen como éstos a las llamadas parábolas de la parusía (parábola de las diez muchachas, los talentos y el juicio final). La parábola de hoy, bastante breve, se conoce como la parábola del portero. En ella se acentúa la vigilancia cristiana, tanto a nivel comunitario como personal, en el tiempo eclesial que media entre la primera y la última venida del Señor. Así, en este corto evangelio de solo cinco versículos, se repite dos veces “velad” y una vez “vigilad”, llamativa insistencia en la expectación vigilante.
El evangelista Marcos sitúa este episodio en Jerusalén, en el monte de los olivos, mirando hacia el templo y conversando con Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A Él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no lo tengan entre ellos. Una vez más les descubre su inquietud: mirad, vivid despiertos. Para ello les cuenta una pequeña parábola de un señor que se fue de viaje, dejó su casa y confió a cada uno de sus criados su tarea. Al despedirse les insistió: “vigilen pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa. Que cuando venga no los encuentre dormidos”.
Todos hemos recibido alguna responsabilidad, alguna misión confiada en la construcción del Reino de Dios y no podemos quedarnos dormidos. Por eso les insiste, insiste Jesús a sus discípulos y a nosotros: vivan despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad en el proyecto del Reino de Dios. La parábola del portero nos dice que nuestra vigilancia ha de ser activa y constante, porque no sabemos el momento de la vuelta del Dueño de casa. El hecho de mencionar como posible momento de su llegada cada una de las cuatro vigilias en que se dividía la noche romana, atardecer, medianoche, canto del gallo y amanecer, urge la atención perenne como único medio de vencer la somnolencia y el cansancio durante la espera. En el lenguaje bíblico el término noche fue ocasión de grandes intervenciones divinas en favor del hombre.
Al comenzar el año litúrgico la Iglesia nos recuerda que el mundo ha de tener un final y debemos prepararnos para ello y no solo para Navidad. En ambos casos se trata de la venida del Señor. Entre la primera y la última venida está la venida constante cada año, en Navidad, que nos tiene que ayudar a prepararnos para la segunda venida. Necesitamos cargarnos de esperanza, el Señor, vino, viene y vendrá, no bajar la guardia pues no sabemos el día ni la hora; no decaer en el ánimo; reavivar los brasas de nuestra fe. Llega el Señor y no es bueno estar dormidos, toca espabilarse.
El adviento es tiempo de espera, pero en la Esperanza. La esperanza es la que mantiene el ardor de la espera. La actitud propia del adviento es la esperanza, pero la Esperanza con mayúsculas, que es Jesús, no otras falsas esperanzanas. Por eso en este tiempo de adviento tenemos que preguntarnos cómo es nuestra esperanza. Puede ser que la Esperanza con mayúsculas, Jesús, la hayamos sustituido por esperanzas pequeñas, inmediatas, pasajeras, superficiales, materiales. Estas esperanzas ahogan la Esperanza con mayúsculas, Jesús, que es una esperanza grande, profunda, permanente, eterna. Estamos llamados a descubrir esta Esperanza y no dejarnos cegar por las falsas esperanzas para poder ser testigos de esperanza y dar razón de ella.
Perú se prepara para recibir al Papa Francisco en el mes de Enero bajo el lema “Unidos en la Esperanza”. Se está preparando su venida en todos los aspectos: los ambientes, los actos, los pases para Eucaristía, la guardia del Papa etc. Pero yo me pregunto si no nos falta algo en esta preparación a los seguidores de Jesús, a la Iglesia peruana, si estamos Unidos realmente en la esperanza y si somos testigos y damos razón de nuestra Esperanza. A Jesús le preocupaba que los discípulos siguieran dedicados como él a servir al Reino de Dios. Le preocupaba que mantuvieran su espíritu, su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos. Le preocupaba que siguieran el camino abierto por él. Su gran preocupación era que sus seguidores se durmieran. Como Iglesia peruana tenemos que preguntarnos si nos estaremos durmiendo.
El Papa Francisco, desde los primeros días de su servicio a la Iglesia, ha levantado su voz para sacudir la conciencia de una Iglesia a la que ve muy cerrada en sí misma, paralizada por los miedos y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos que viven las gentes. Por eso, a los pocos meses de su pontificado, escribió la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (la alegría del evangelio), invitando a todos los cristianos a una nueva etapa evangelizadora, marcada por la alegría del Evangelio y la conversión a Jesucristo. El Papa Francisco nos pide volver a las fuentes y recuperar la frescura original del Evangelio saliendo de esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo. El Papa insiste una y otra vez en que quiere una Iglesia en salida, que “se mete en obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo”, que huele a oveja. Por eso su gran sueño es una “Iglesia pobre y para los pobres”.
Me da la impresión de que en estos aspectos no estamos preparando bien la venida del Papa Francisco: Ser testigos de esperanza para los que más lo necesitan, ser una Iglesia en salida a las periferias, ser una Iglesia pobre y para los pobres. Estamos muy preocupados con temas como la ideología de género, que no digo que no haya que preocuparse, con la defensa de la vida (centrada casi exclusivamente en el aborto) y ahora últimamente con la presentación del nuevo misal romano, donde se está insistiendo en acentos distintos a los de la renovación litúrgica del concilio Vaticano II. Pero la Iglesia peruana no está haciendo el mismo esfuerzo por la denuncia profética y la implicación en algunos problemas graves por los que pasa nuestro país. Solo enumero algunos: La violencia machista que está terminando con la vida de muchas mujeres unida a la violencia infantil, con violaciones de niños, poniéndose claramente al lado de las víctimas: las mujeres y los niños. La corrupción generalizada, no solo de los políticos y grandes empresas, sino de todos los ámbitos sociales lo cual lleva a impedir el desarrollo afectando especialmente a los más pobres. La defensa de la casa común, nuestra hermana la madre tierra, que clama por el daño que le provocamos y compartir la suerte de los que están siendo amenazados de muerte por levantar la voz para denunciar el uso y el abuso de los bienes que Dios ha puesto en la tierra. Creo que en esto no vamos en sintonía con el Papa Francisco y espero que él nos despierte para que la Iglesia peruana sea la voz de los que no tienen voz, y voz contra los que tienen demasiada voz.