FESTIVIDAD DE CRISTO REY DEL UNIVERSO Mt 25, 31-46
Parábola del Juicio final. Preparar bien la visita del Papa al Perú.
El próximo domingo, con la festividad de Cristo Rey del Universo, concluiremos el año litúrgico para empezar al siguiente domingo un nuevo año litúrgico en el primer domingo de adviento. Tras haber leído el domingo pasado la primera de las tres parábolas de la vigilancia o de la parusía (segunda venida de Jesús al final de los tiempos), la parábola de las diez muchachas y el banquete de boda; hoy leemos la segunda parábola de los talentos, quedándonos para el próximo domingo la tercera parábola del juicio final.
Los destinatarios de la parábola son, como en el domingo anterior, la comunidad cristiana, el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. Jesús quiere inculcar a los primeros cristianos que no pueden quedarse pasivamente esperando el reino de Dios sino que tiene que ser una espera activa, comprometida, poniendo a producir esos talentos o dones que hemos recibido de Dios no como dueños sino como administradores que deben dar cuenta a Dios del fruto que han producido.
El Amo conoce a sus empleados y por eso entrega a cada uno los talentos según la capacidad que tiene cada uno (a uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno) para hacerlos producir. El talento era una unidad de medida monetaria utilizada en la antigüedad en los países mediterráneos y que equivalía a 21 gramos de plata. Un talento eran 6.000 denarios (un denario era el sueldo durante un día de un trabajador). Eso quiere decir que las cantidades que el Amo entregó a sus empleados eran muy grandes. Si un jornalero quería ganar tan solo un talento tendría que trabajar 6.000 días, o sea casi 20 años.
Con esta imagen de los talentos Jesús quiere que sus seguidores caigamos en la cuenta de todo lo que hemos recibido de Dios y de lo cual nos va a pedir cuentas. Sobre todo nos ha entregado el proyecto de construir el Reino que él ha comenzado y que sus seguidores tenemos que continuar construyendo dando los frutos que Dios espera de nosotros. Dios nos regala sus dones según nuestra capacidad pues nos conoce mejor que nosotros mismos y sabe quién va a hacerlos producir y quién no.
Los dos empleados que hacen producir los talentos recibidos representan a aquellos seguidores de Jesús que ponen lo recibido al servicio de Dios y de los demás para producir los frutos que Dios espera de ellos. El empleado que guardó su talento y no lo pone a producir por el contrario representa a aquellos (judíos o cristianos) que por miedo o comodidad guardan los dones recibidos y no los ponen al servicio de Dios y del prójimo. La rendición de cuentas hace referencia al juicio final (como veremos la semana próxima en la parábola del juico final). La sentencia es la participación o exclusión del banquete del Reino de los cielos.
La sentencia final: “al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”; significa que se entregará más al que más produce y es más responsable. Dios compensa la fidelidad creativa de quienes se esfuerzan y arriesgan por servir a Dios y al prójimo. El tercer empleado no hace nada malo pero tampoco nada bueno. Es un flojo que no se comprometió, no se esforzó, no se arriesgó para asegurar lo que tenía. El mensaje para la Iglesia y las comunidades cristianas es claro: no al conservadurismo, sí a la creatividad. No a una vida estéril, sí a la respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir caminos al Reino de Dios. El gran pecado de los seguidores de Jesús es no arriesgarnos a seguirlo de forma creativa y dedicarnos a conservar el pasado y no comprometernos a buscar la forma de comunicar la buena noticia de Jesús al mundo de hoy.
Todos hemos recibido de Dios dones o cualidades innatas y capacidades como administradores que debemos dar cuenta de ellos a Dios de los frutos que hemos dado en el servicio de Dios y del prójimo. Los dones recibidos necesitan nuestro trabajo y nuestro esfuerzo para que sean eficaces y den el fruto que Dios espera de nosotros. Por eso hemos de preguntarnos qué estamos haciendo con los dones recibidos. Preguntarnos a quién hemos alentado con nuestra esperanza; cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo. Preguntarnos si nos hemos puesto al servicio de la comunidad. Preguntarnos si vivimos cada día como hijos de la luz, como hijos de Dios, siguiendo fielmente a Cristo y así, en cualquier momento en que nos llegue el final, nos encontraremos preparados.
Tenemos que preguntarnos a quién estamos contagiando nuestra fe. A cuántas personas hemos alentado con nuestra esperanza. Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo. Todos tenemos algún don con el cual servir a la comunidad. Dios coloca en todos nosotros una inmensa confianza, no lo defraudemos, no nos dejemos engañar por el miedo, la comodidad o el egoísmo. No somos dueños absolutos de nada, solo administradores que un día hemos de rendir cuentas de nuestra gestión. Hemos de asumir los riesgos que puede acarrear invertir nuestros dones en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en la vecindad, en la Iglesia. No podemos presentarnos ante Dios con una vida vacía por no haber sido capaces de arriesgarnos, de salir de nuestras seguridades. Tenemos que presentarnos ante el Señor llenos de buenas obras de servicio a los demás, de trabajo bien hecho. Dios nos exige hasta el máximo. Sin miedo, con valentía, sin intereses egoístas, gratuitamente, sin buscar la comodidad o lo fácil sino esforzándonos y sacrificándonos es como podremos escuchar de labios del Señor: “porque has sido fiel pasa al banquete de tu Señor”.
Al finalizar el año de la misericordia el Papa Francisco manifestó su deseo de celebrar una Jornada de los pobres. La I Jornada Mundial de los Pobres quedó fijada para el domingo anterior a la festividad de Cristo Rey del Universo, en este año es este domingo XXXIII del tiempo ordinario. Esta I Jornada Mundial de los Pobres es una invitación que el Santo Padre dirige a toda la Iglesia, así como a todos los hombres de buena voluntad, para que escuchen el grito de ayuda de los pobres. La jornada de este año se celebrará con el lema: “No amemos de palabra sino con obras”.
Para esta I Jornada Mundial de los Pobres, el Papa ha escrito un mensaje en el cual nos pide un gesto concreto y radical para que los pobres sean los primeros en la vida de toda la Iglesia y realmente ser una Iglesia pobre y para los pobres. El santo Padre desea que esta jornada se establezca como una tradición para la evangelización del mundo contemporáneo y tomar conciencia de que los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.
El Papa Francisco nos dice que el amor no admite excusas, el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Tenemos que generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.
Siguiendo las enseñanzas del apóstol Santiago, el Papa nos recuerda que de nada sirve decir que tenemos fe si no tenemos obras, es una fe muerta. Por eso la oración, el camino del discípulo, la conversión, tienen que encontrar en la caridad que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica.
Otra de las afirmaciones del Papa es que si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. Recordando a San Juan Crisóstomo nos dice: “Si queremos honrar el cuerpo de Cristo, no lo desprecies cuando está desnudo; no honres al Cristo eucarístico con ornamentos de seda mientras que fuera del templo descuidas a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez”.
Recordando a San Francisco de Asís, de quien tomó su nombre papal por su identificación con la pobreza, nos dice que precisamente porque Francisco mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Para ello el Papa pide a las comunidades cristianas que se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta.
El Santo Padre termina su mensaje pidiendo que esta Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda.