DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO Mt 23, 1-12
Frente a la Hipocresía, incoherencia y egocentrismo farisaico los seguidores de Cristo debemos practicar la coherencia, humildad, servicialidad y gratuidad.
Estamos terminando el año litúrgico, quedan solo dos semanas para la festividad de Cristo Rey del Universo y luego empezar un nuevo año litúrgico con el primer domingo de adviento. El evangelio según San Mateo nos sigue narrando las controversias que Jesús tiene con las autoridades religiosas judías, los escribas y fariseos. Hoy los desautoriza de forma rotunda al denunciar su incoherencia, hipocresía y egocentrismo. En la segunda parte del evangelio Jesús se dirige a los discípulos, de entonces y de hoy, para presentar las actitudes opuestas a las de los dirigentes judíos, que debemos vivir todos los que queramos seguir su camino: coherencia entre lo que hablamos y lo que vivimos, humildad, servicialidad y gratuidad.
Los escribas o letrados eran los doctores de la ley, los profesionales de la ley de Moisés. Hombres de gran influencia en la sociedad porque determinaban el sentido de la ley y las normas de conducta. Eran poco escrupulosos y no presumían de ser santos. Los fariseos se consideraban a sí mismos como puros, separados de los demás. Vivían bajo la convicción de tener en la ley todas las normas reguladas del orden religioso y civil. Tenían gran influencia en la administración de la justicia. Unos y otros coincidían en su hipocresía e incoherencia entre lo que decían y lo que hacían.
Algunas de las cosas concretas que Jesús les echa en cara son: hacer las cosas para que los vea la gente, buscar los primeros puestos en banquetes y en la sinagoga, que la gente les hiciera reverencia y que los llamaran maestros. Esta falta de coherencia entre lo que anuncian y lo que viven, a diferencia de Jesús, es lo que lleva a la gente a decir que Jesús habla con autoridad, no como los escribas y los fariseos. La autoridad de verdad no es la que da el poder sobre los demás sino la coherencia, el testimonio de vida, las obras que dan credibilidad a las palabras.
Jesús, siguiendo la línea de la denuncia profética del Antiguo Testamento, va a decirle claramente a la gente que no son maestros y por tanto no tienen autoridad ya que no dan testimonio con su vida de lo que anuncian. Viven una doble vida con incoherencia total entre lo que enseñan a los demás y lo que ellos practican. Son muy exigentes y severos con los demás pero muy comprensivos e indulgentes con ellos mismos. Practican la ley del embudo: la parte estrecha para los demás, la ancha para ellos.
Jesús también les denuncia con claridad su egocentrismo. Hacen las cosas para que los vean, para aparentar. Les interesa la imagen que dan ante los demás y por eso buscan llamar la atención. También buscan que lo alaben, los ensalcen y la fama. San Agustín decía: lo que soy, soy, ni mayor en las alabanzas ni menor en las críticas. Esto es lo que demuestra la madurez humana y religiosa de una persona que no se enorgullece en las alabanzas ni se viene abajo en las críticas. Esta actitud farisaica es muy actual: hacer las cosas buscando la alabanza, los aplausos, la consideración, los halagos de la gente. Esto lleva a caer en la soberbia, el orgullo, el egocentrismo y a venirse abajo cuando no se recibe nada de esto o peor aún, cuando se recibe indiferencia, críticas, insultos o rechazo.
En la segunda parte del evangelio Jesús se dirige a sus seguidores, sus discípulos para instruirlos en las actitudes y el comportamiento que tienen que tener si quieren seguir su camino. Frente a la incoherencia de aquellos, le pide coherencia entre la palabra y la vida, lo que dicen y lo que hacen. Lo que da credibilidad y atrae al seguimiento de Cristo es el testimonio. Los testigos son los que convencen y atraen por lo que hacen más que por lo que dicen.
Otra de las actitudes que debemos tener los seguidores de Cristo es la humildad frente a la arrogancia y soberbia farisaica. Jesús les pide que no se dejen llamar maestros, ni padres, ni consejeros. También les exhorta que, en vez de buscar los primeros puestos, actúen como servidores de los demás. Termina el evangelio con la sentencia tajante: “el que se engrandece será humillado y el que se humilla será engrandecido”. O sea el camino contrario al que nos invita la sociedad constantemente, abajamiento para que sea Dios el que nos eleve, ése fue el camino que siguió Jesús: “siendo Dios no hizo alarde de su categoría divina sino que se despojó de su rango, bajando a lo más bajo y entonces Dios lo ensalzó, lo elevó sobre todos”. Ese es el camino que debemos seguir si queremos ser auténticos discípulos de Cristo: para subir antes hay que bajar, descender, humillarse y dejar que sea Dios el que nos eleve, el que nos engrandezca, nos ensalce y no nosotros.
Sería un error pensar que la doblez, el fingimiento y la impostura fueron monopolio de los escribas y fariseos. Todo cristiano es candidato a este sistema hipócrita y mentiroso que se manifiesta en disociar creencias y conducta optando por una religión formalista sin interioridad personal, refugiándonos en una estricta observancia legal y olvidando la conversión del corazón; cediendo al orgullo religioso de creerse bueno y despreciar a los que por cualquier motivo fallan. Valorar la letra de la ley sobre el espíritu de la misma esgrimiendo como título ante Dios el mérito de las buenas obras al igual que los fariseos. Aparentar virtud, ciencia y poderío, oprimir y humillar a los demás, es el deporte favorito de muchos. Presumir de títulos que se tienen o se inventan (los curriculum de los políticos peruanos están llenos de falsedades).
Si queremos ser cristianos maduros no podemos entender nuestra fe como un mero asentimiento intelectual a unas verdades reveladas por Dios, ni siquiera como una ideología o un modo de pensar. Por fidelidad a la Palabra de Dios, la fe del hombre debe ser acción: fe y amor a Dios y al prójimo deben ir unidos. Muchos entienden el cristianismo como ideología cuando en realidad es praxis. De ahí surge el divorcio entre fe y vida, entre el creer y el actuar, entre el decir y el hacer. Jesús descalificó la fe que se queda en palabrería hueca y no compromete la vida personal y pública. “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. La fe hay que trasvasarla a la vida personal, familiar, laboral, social, política y económica.
Las últimas semanas estamos asistiendo a una oleada de agresiones y violaciones contra mujeres y niños en diferentes partes del Perú. Esto ha coincidido con el mes de Octubre que es el mes morado, mes del Señor de los Milagros, la devoción más importante del Perú, con procesiones multitudinarias que están entre las más concurridas en todo el mundo. Junto a la fe católica, predominante, hay otro sinfín de confesiones religiosas sobre todo diferentes iglesias evangélicas, siendo Perú uno de los países más religiosos del mundo. Por eso esta realidad de agresiones y violaciones a mujeres y niños solo se entiende desde un divorcio entre la fe y la vida, entre lo que se cree y lo que se vive, entre una devoción externa y superficial que no va unida a unas exigencias éticas y morales. De ahí la necesidad de que las devociones populares sean evangelizadas y formar a nuestro pueblo para que no haga el divorcio entre fe y vida, entre compromiso eclesial y social y para que no se dejen engañar por sectas fundamentalistas que solo buscan aprovecharse de la buena voluntad de la gente como también desgraciadamente están saliendo últimamente a la luz con el enriquecimiento de pastores sin escrúpulos que no tienen ningún reparo en hacerse ricos con la excusa de la fe.