DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO. Mt 22, 1-14

Parábola del banquete de bodas del Rey: todos somos invitados al banquete del Reino de los cielos.

La parábola del banquete nupcial que leemos este domingo se conecta con la del domingo pasado, los viñadores homicidas, y viene a demostrar concretamente la conclusión de la misma: Se les quitará a ustedes el Reino de los cielos y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. Las dos pertenecen a las parábolas de la “Buena Nueva” que Jesús dirige a sus enemigos y críticos, para justificar su anuncio evangélico a los pobres y marginados y su conducta con los pecadores. Las dos parábolas coinciden en los destinatarios: las autoridades religiosas judías; los mensajeros: los profetas; El Hijo: Jesús; y el objetivo: anunciar la oferta de salvación del Reino de Dios a todos los hombres, ya que el pueblo judío, en especial los dirigentes rechazan la invitación de Dios que llega por medio de los profetas y de su Hijo.

En esta parábola el Reino de Dios es comparado por Jesús al banquete que un rey celebraba con motivo de la boda de su hijo. Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos judíos en las bodas, en las cuales no faltaba la comida y el vino, abundante en los pueblos mediterráneos, para los numerosos asistentes, pues él acudió más de una vez como invitado a una boda, como se ve en las bodas de Caná. Si en una boda normal la comida y bebida no faltaban, por muchos que fueran los invitados, la boda del hijo del rey suponía un festín de manjares suculentos de buenos vinos y sabrosos alimentos.

A ese festín son invitadas muchas personas, sobre todo los más importantes del país; pero muchos de ellos, por diversas razones, se excusan de asistir. Algunos incluso maltratan y asesinan a los mensajeros que el rey les envía por segunda vez. Entonces el rey extiende su invitación a todos los que se encuentren por la calle. De esta suerte la sala del banquete pronto se vio llena de comensales; “pobres, lisiados, ciegos y cojos. Es fácil de comprender que Dios, el rey de la parábola, al ver cómo son rechazados los profetas y el hijo, y al autoexcluirse los primeros llamados, los judíos, abre las puertas del Reino para todos indiscriminadamente: buenos y malos, pecadores y publicanos, gentiles y paganos, puros e impuros. El banquete de bodas es por tanto un signo del amor gratuito de Dios a todos los hombres sin excepción.

Mateo añade una segunda parábola: la del que acude a la boda sin el traje de fiesta. Nos invita a todos al banquete del Reino de los cielos, pero es un banquete al que hay que ir preparado, no se puede ir de cualquier manera. “No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en Reino de los cielos sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”, dijo Jesús en otra ocasión. Si en los banquetes hay que llevar un traje especial, no el de todos los días, un traje de fiesta, para entrar en el banquete del reino de los cielos el traje que se necesita es el de la conversión: cumplir la voluntad del Padre y vivir conforme a las enseñanzas de Jesús.

Jesús denuncia la ruptura entre el decir y el hacer, entre estar presente y vivir como si uno no lo estuviera, entre ser creyente y vivir como si no lo fuera, entre estar bautizado y no ser consecuente con lo que eso significa. La conducta cristiana y el testimonio de vida coherente es lo que nos pide Jesús para introducirnos en esa fraternidad sin fronteras que es la Iglesia, comunidad donde queremos anticipar el reino de los cielos. Comunidad que está abierta a todos los hombres de cualquier raza y condición, a todos los pueblos, a todas las culturas. Pero el que se introduce en esta comunidad tiene que ser levadura de la buena en medio de la masa, sal que da gusto, luz que ilumina. Ese es el traje de fiesta requerido para entrar en el banquete del Reino de los cielos.

Todos estamos invitados a participar de la fiesta y en la mesa hay sitio para todos, pero Jesús nos hace ver que solo serán admitidos los que respondan a la invitación con la voluntad de vivir según el Evangelio. No valen excusas de ningún tipo. Hoy resulta normal e incluso frecuente, escuchar diferentes excusas, sobre todo la falta de tiempo a la hora de justificar muchas ausencias e incoherencias con nuestra identidad cristiana. Todo puede tener su tiempo y su medida, siempre en función de nuestro bien personal, humano y espiritual y del bien común. Recuperemos el valor del tiempo, dominémoslo y organicémonos según los criterios que nacen del Evangelio.

Preguntémonos qué tiempo dedicamos a los demás, especialmente a los más necesitados de ayuda material y espiritual. Qué tiempo dedicamos a la familia y a los amigos, a la comunidad cristiana, a la lectura y meditación de la Palabra de Dios, al encuentro con Cristo en la oración y en la Eucaristía, al trabajo compartido y solidario con los demás. Muchas veces por cualquier motivo o excusa insignificante dejamos aquello que es importante y decisivo en la vida para dedicarnos a lo superfluo y accidental.

Debemos preguntarnos si acudimos a los actos religiosos como el que acude a una fiesta a la que ha sido invitado; si vivimos nuestra religión con espíritu de fraternidad cristiana, de agradecimiento a Dios y deseo de compartir nuestro amor a Dios y al prójimo; si asistimos de cualquier manera porque hay que cumplir o por rutina.

Dejemos que la Eucaristía ocupe siempre un lugar central en nuestro tiempo, ya que es a ella a la que nos invita el Señor para que nuestra vida se vea agraciada con sus dones: el don de la Palabra y el don de su Cuerpo y de su Sangre, dones que son Él mismo, su presencia real y que hacen posible nuestro encuentro con Él y con todos los que también están invitados a sentarse en la misma mesa y a ocupar el sitio que les corresponde.

Cada domingo Jesús nos invita al banquete de la Eucaristía que es el anticipo del banquete del Reino de los cielos. Nos invita a todos, pero muchos no aceptan la invitación. Otros muchos solo aceptan la invitación de Jesús cuando los invitan en alguna ocasión especial: misa de difuntos, primera comunión, bautizo, misa patronal etc. Entonces vamos por quedar bien, por interés, pero no aceptando la invitación que Jesús nos hace y no vamos con la alegría como vamos a una fiesta. También hay muchos que aceptan la invitación pero no participan en la fiesta completa porque no comulgan. Es como ir a una fiesta, saludar a los invitados y cuando llega la comida irnos. Sin participar en la comida no estamos participando plenamente de la fiesta.

En esta porción del pueblo de Dios donde el Señor me ha colocado, El Paraíso, es donde tengo que invitar a todos sin excepción al banquete del Reino de los cielos pero especialmente a los más pobres, a los que más sufren, a los que tienen necesidades materiales, corporales o espirituales. Los que más necesitan de la acogida misericordiosa que Dios nos hace a todos pero especialmente a los que viven sin esperanza, sin futuro. Es necesario que como Iglesia anunciemos con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el evangelio de Jesús, de lo contrario el mensaje se queda en una transmisión desarticulada de doctrinas que se intentan imponer. Entonces el mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener “olor a evangelio” como nos recuerda constantemente el Papa Francisco.

El mes de Octubre es en Perú el mes morado, el mes del Señor de los milagros, la devoción que atrae a millones de católicos en Lima, Perú y en todo el mundo. Son muchas las personas que no pueden acudir al centro de Lima a las procesiones que se hacen estos días y por eso en nuestra cuasi parroquia hacemos este año cinco procesiones con la imagen del Señor de los milagros por las cinco zonas de la parroquia. A estas procesiones se acerca la gente más sencilla, más humilde, los más necesitados de alegría, acogida misericordiosa y esperanza. Con la Eucaristía después de cada procesión intentamos que experimenten la alegría del evangelio que llena el corazón de quienes se encuentran con Cristo, como nos pide el Papa Francisco. Para ello todos los agentes de pastoral trabajan con la preparación de las procesiones y la misa intentando “oler a evangelio”.