DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO Mt 21,33-43

Parábola de los viñadores homicidas.

Litúrgicamente estamos terminando el año litúrgico en este ciclo A. Quedan solo 8 semanas para la festividad de Cristo Rey del Universo que pondrá fin a este año litúrgico para empezar otro nuevo con el primer domingo de adviento. En estos domingos finales San Mateo nos va a narrar los últimos e intensos combates dialécticos de Jesús con las autoridades religiosas judías. Hoy les denuncia, por anticipación, que lo van a matar. Eso estaba en sus pensamientos aunque no se atrevieran a decirlo por miedo al pueblo y Jesús se lo dice claramente.
Con esta profecía de lo que va a suceder, Jesús busca provocar su reflexión y arrepentimiento. Algunos fariseos, sacerdotes y escribas sí han creído en él, como Nicodemo, aunque se encuentre con Jesús a escondidas por miedo a declararse seguidor de Cristo. Pero a la mayoría la soberbia y la dureza de corazón les impiden creer en Jesús. Concluye el evangelio diciéndoles que Dios le quitará esa predilección de Israel como su pueblo elegido y se la dará a otro pueblo que produzca los frutos que ellos no han dado. El pueblo elegido relegado por otro, algo que no podían aceptar pues era una humillación grandísima.
Jesús sigue utilizando en sus parábolas la imagen de la viña, una imagen utilizada ya en el Antiguo Testamento y que Jesús conoce bien, sobre todo el cántico a la viña del profeta Isaías, que leemos hoy en la primera lectura (Is 5, 1-7) para resaltar la relación de Dios con su pueblo. La viña es la casa de Israel que Dios plantó, arregló, preparó con esmero para que diera fruto. Derrochó en ella todo su amor. Pero igual que una viña bien cuida por su viñador, a veces no daba buenas uvas, sino racimos amargos, así había sucedido con el pueblo de Israel.
La interpretación de la parábola es clara. Resulta evidente que la viña es el pueblo de Israel; el dueño, Dios; los arrendatarios, los jefes del pueblo judío; los mensajeros, los profetas; el hijo asesinado, Cristo Jesús, y el castigo de justicia (además de la destrucción de Jerusalén), la entrega de la viña a otros es la admisión de los paganos en el Reino de Dios, la formación de un nuevo pueblo elegido, la Iglesia.
Dios había hecho un pacto con el pueblo de Israel a través de Moisés en el monte Sinaí, tras la liberación de la esclavitud de Egipto. Dios y el pueblo habían sellado una Alianza en la que Dios se comprometía a guiar, proteger, acompañar al pueblo y éste se comprometía a no tener otros dioses y cumplir sus mandatos. Dios fue fiel, pero el pueblo una y otra vez incumplió el pacto rebelándose contra él, adorando a otros dioses y no cumpliendo los mandatos del Señor.
Dios no abandona al pueblo sino que sigue empeñado en que cambie de actitud y vuelva a su camino y por eso envía una y otra vez a sus mensajeros, los profetas, (representados por los criados de la parábola) para recordarles la alianza que han sellado en el Sinaí. Pero ellos no solo no los escucharon sino que los apedrearon y a algunos los mataron. ¿Qué más podía hacer por su viña que no hubiera hecho? Lo impensable: enviar a su propio hijo. Pero los labradores acabaron con él para quedarse con la viña. Eso era lo único que le quedaba hacer a Dios, enviar a su propio hijo sabiendo que terminarían matándolo, pero no podía dejar de intentar recuperar la fidelidad de su pueblo. La parábola termina indicando que empujaron al hijo fuera de la viña y lo mataron. Este anuncio es una profecía de lo que va a suceder con Jesús que fue sacado fuera de las murallas de Jerusalén para ser crucificado.
Con la parábola de los viñadores homicidas Jesús les quiere justificar por qué Dios le va a quitar el privilegio de ser el pueblo elegido. La parábola presenta la historia de Dios con el pueblo elegido, una historia triste. Dios lo había cuidado con todo su cariño y esperaba de él una respuesta de fidelidad y amor pero no ha producido esos frutos sino que han matado a sus enviados, los profetas y matarán también a su hijo.
La parábola, por tanto, constituye un compendio de la historia de la salvación de Dios para el hombre, desde la Alianza del Sinaí hasta la fundación de la Iglesia por Jesús como nuevo Pueblo de Dios; pasando por los profetas y la persona de Cristo que anunció el Reino de Dios y fue constituido piedra angular de todo el plan salvador de Dios mediante su misterio pascual de muerte y resurrección.
Pero la parábola no solo la debemos interpretar como dirigida al pueblo de Israel y sus autoridades religiosas, a los que va dirigida originariamente, sino que también nos la dirige a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, y a cada uno de nosotros advirtiéndonos que nos puede pasar lo mismo si no producimos los frutos que espera de nosotros. Por eso es necesario que hagamos examen de conciencia a ver si estamos respondiendo a esa fidelidad de Dios con nosotros o, por el contrario, nuestra respuesta es de mediocridad, incoherencia, desviaciones y poca fidelidad.
Respecto a los frutos de la viña una tentación frecuente de los cristianos es reducirla a parcelas personales e intimistas: el cumplimento dominical, las relaciones familiares y el sexto mandamiento: cuerpo y sexualidad. Pero los frutos que nos pide, tanto a nivel comunitario como individual, se extienden a muchos más ámbitos: economía, política, ecología, derechos humanos, paz, justicia. Necesitamos una Iglesia y una sociedad nuevas que produzcan frutos de humanidad y fraternidad, coparticipación y solidaridad, justicia y progreso, liberación y desarrollo auténticamente humanos.
Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación con otras gentes que produzcan frutos de amor, fidelidad y justicia. Dios está preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia menos poderosa pero más evangélica, menos numerosa pero más entregada a hacer un mundo más humano. Vendrán nuevas generaciones más fieles que nosotros.
La viña en la que Dios me ha puesto en estos momentos es el Paraíso, en el cono sur de Lima, cerca de cincuenta asentamientos humanos donde viven unas 20.000 personas, con una edad media muy baja, familias jóvenes con niños pequeños, lo cual implica que en pocos años se puede duplicar la población pues además sigue habiendo invasiones para crear nuevos asentamientos humanos donde sigue llegando gente. Pero el problema es que se quiere invadir la zona de la reserva ecológica conocida como las Lomas del Paraíso, el único pulmón que tenemos en la zona.
Esta semana hemos asistido a un nuevo intento de invasión por jóvenes sin trabajo enviados por los traficantes de terreno que no les importa destruir esta casa común que Dios nos ha dejado con tal de enriquecerse. En este caso los vecinos más cercanos a la zona invadida reaccionaron pronto comunicándolo a los medios de comunicación y a la policía abortando este intento de invasión. Pero sabemos que esto va a suceder en los próximos meses porque estamos ya en campaña electoral y los traficantes de terreno aprovechan que las autoridades municipales no quieren enfrentarse con nadie que les quite votos. Pero lo grave es que alguno de los candidatos a la municipalidad alienta a los vecinos a que invadan terrenos prometiéndoles constancias de posesión y visado de planos inmediato a cambio de votos. Esto lo aprovechan los traficantes de terreno, que solo tienen intereses económicos y no les importa invadir una zona protegida y que utilizan a gente humilde para tomar terrenos con el objetivo de venderlos después. Lo grave es que no les importa destruir una reserva ecológica como las Lomas del Paraíso con tal de enriquecerse. No podemos quedarnos parados ante este atropello porque SIN LOMAS NO HAY PARAISO.