DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO MT 20,1-16

Parábola de los obreros enviados a la viña del amo generoso.

Leemos hoy como evangelio la parábola comúnmente llamada “de los obreros en la viña”, y que sería mejor denominar del dueño bondadoso o del amo generoso. La enseñanza fundamental de la parábola es la gratuidad y universalidad de la salvación porque Dios es bueno y generoso. Aunque en principio Jesús la dirigiera a los escribas y fariseos, Mateo la extiende a todos los cristianos provenientes del judaísmo, el pueblo elegido, y nosotros podemos verla también hoy como dirigida a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios.

La parábola tiene cuatro partes: 1° Un propietario contrata sucesivamente a varios jornaleros para trabajar en su viña. 2° Pago del jornal, igual para todos, al acabar el día. 3° Protesta de los primeros contratados que estiman injusto el proceder del patrono. 4° Explicación del dueño de la viña al portavoz de los descontentos de su actuación, concluyendo con la afirmación: los últimos serán los primeros y los primeros últimos.

Es sorprendente que el dueño de la viña sale él mismo en persona hasta cinco veces a contratar jornaleros para su viña. No parece preocuparse demasiado de su rendimiento en el trabajo. Lo que quiere es que ningún jornalero se quede sin un día de trabajo. Por eso mismo al final de la jornada no paga ajustándose al trabajo realizado sino muy desigual, a todos les da un denario, lo que necesitaba cada día una familia campesina de Galilea para poder sobrevivir. Si éstos cobraran proporcionalmente a sus méritos no recibirían lo suficiente para su sustento y el de sus familias. La viña es el pueblo de Dios que está llamado a producir los frutos del reino que son: el amor a Dios y al prójimo. Dios sale continuamente, a todas horas, a llamarnos a cada uno y en comunidad a producir los frutos que él espera para que no quedemos excluidos del Reino.

Si les hubiera pagado menos a los últimos, es lo que hubiéramos hecho nosotros, el amo habría sido justo. Pero dándoles más, es generoso sin pecar de injusto con los primeros. La lógica de este amo, que representa a Dios, no coincide con la lógica humana. Los pensamientos de Dios no son los nuestros, los caminos de Dios no son nuestros caminos, Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos. Dios, más que estar midiendo los méritos de las personas como haríamos nosotros, busca siempre responder desde su bondad. Jesús no va contra la ley ni contra la justicia. A los obreros de la primera hora se les paga lo hablado. Resalta la dimensión de la gracia de Dios. La ley y la justicia de Dios son las del amor y la libertad. Su retribución es superior a todo mérito personal. Es un regalo, un don que se da a todos sin distinción de ninguna clase, por pura misericordia.

Mateo dirige el evangelio a los cristianos convertidos del judaísmo, la Iglesia de Cristo que aparece como el nuevo Pueblo de Dios, compuesto no exclusivamente de Israelitas como el antiguo, sino de judíos y gentiles o paganos. Con ello Mateo quiere justificar la necesaria apertura misionera al mundo pagano bajo el impulso del Espíritu de Jesús. La iglesia vivía de una forma especial en sus inicios el hecho de abrir sus puertas a toda persona que quisiera entrar, fueran judíos o paganos. Sin embargo, pronto apareció el problema de la discriminación por parte de aquellos, los primeros que veían con recelo la acogida de los pecadores y de los no judíos sin hacerse antes judíos.

“Así los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”, es la conclusión y la enseñanza de la parábola. Los primeros obreros llamados a trabajar en la viña representan a los fariseos, los saduceos, los letrados, y en general el pueblo de Israel, el pueblo elegido, que se creía con particulares privilegios ante Dios. Jesús con esta parábola quiere responder a los fariseos que criticaban a Jesús porque acogía a los pecadores, publicanos y marginados. Así obra Dios, viene a decir Jesús con la parábola: da parte a todos en su Reino de salvación. Jesús proclama la gratuidad de Dios, que es bondad y misericordia, frente a la religión y la moral del mérito que patrocinaban los fariseos. Éstos, incapaces de encajar conceptos como amor y perdón, cerraban el camino de Dios a los pobres ignorantes que no cumplían las múltiples normas religiosas.

Esta gratuidad de la salvación y del perdón de Dios forma parte de los pensamientos, planes y caminos del Señor que no coinciden con los nuestros. La conducta de Dios no es arbitraria, sino la de un Padre amoroso. Él sale al encuentro de todo el que le busca mediante una sincera conversión del mal camino porque nuestro Dios es rico en perdón. Desde la autosuficiencia farisaica que se cierra a la aceptación del hermano, no podemos entender ni imitar la misericordia de Dios que sobrepasa toda justicia humana.

Ante Dios no hay exclusivismos. Los dones de Dios, su gracia, su llamada a la fe y la entrada en su Reino son inmerecidos siempre, efecto solamente de su bondad generosa. Nuestra vida cristiana no se puede estructurar sobre una contabilidad mercantilista con Dios, sino sobre su don y su gracia que nos preceden siempre. Es absurdo querer pasar factura a Dios. Si bien es verdad que Dios espera nuestra respuesta agradecida, nuestra colaboración libre y responsable.

La parábola tiene también una clara aplicación a la Iglesia y a los cristianos. Estar bautizados, pertenecer a la Iglesia, ser cristianos, cumplir los deberes religiosos con Dios y los hermanos no nos da “derechos adquiridos”, ni nos hace mejores que los demás. Jesús nos lo avisa claramente: cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: somos unos humildes servidores que hemos hecho lo que teníamos que hacer. Es absurdo que un buen hijo piense que su padre le debe algo porque hace lo que le manda; es además feo que exija un pago a su obediencia.

Tenemos que preguntarnos a la luz de la parábola si nosotros hoy y aquí, por los motivos que guían nuestra práctica religiosa, nuestra conducta moral y las relaciones con los demás. Nuestra motivación básica debe ser el amor gratuito a Dios y a los hermanos y no el amor interesado ni el miedo al castigo. Además, si nos resistimos a aceptar que Dios es bueno con todas sus criaturas, es que como los escribas y fariseos somos primeros que serán últimos. Si rechazamos a los que no son tan cumplidores como nosotros, a los alejados, a los pecadores, nos podemos encontrar con la sorpresa de que esos nos precedan en el reino de los cielos como les dijo Jesús a los fariseos, porque los últimos serán primeros.
En nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, suele suceder a veces que los que llevan más tiempo se creen con más derechos y más méritos que los demás, los que han entrado más tarde a la comunidad y los que no forman parte activa sino que vienen de forma esporádica para asistir a algún servicio tanto religioso como social que presta la parroquia. La aplicación de la parábola es clara: no tengamos envidia de que Dios llame a todos a su reino y en vez de incomodarnos alegrémonos por la bondad, generosidad y misericordia de Dios para con todos.