DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO Mt 22,15-21

Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Los cuatro domingos anteriores hemos leído en el evangelio las cuatro parábolas del Reino: los trabajadores enviados a la viña o el amo generoso; el padre que envía a sus dos hijos a la viña; los viñadores homicidas y el banquete de bodas del hijo del rey. Las cuatro tienen como destinatarios al pueblo de Israel, el pueblo elegido, y en concreto a las autoridades religiosas judías, a quienes Jesús denuncia su infidelidad a la alianza hecha con Dios, rechazando a los profetas, y profetiza que lo mismo hará con él, el hijo. También anuncia que Dios entregará el reino a otro pueblo, la Iglesia. Este domingo y los dos próximos vamos a ver la reacción de las autoridades religiosas que no aceptan que Jesús haya desenmascarado su hipocresía y van a buscar por todos los medios desprestigiarlo ante el pueblo y cuando no lo consigan, lo harán ante las autoridades romanas con acusaciones falsas.
En el evangelio de este domingo vemos cómo los fariseos, que no quieren dar la cara, envían unos emisarios, para encontrase con Jesús, pero no para dialogar amablemente, sino para hacerle una pregunta con trampa para tener un motivo para acusarlo ante el pueblo o ante las autoridades romanas. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? La trampa de la pregunta es que quieren meter en apuros a Jesús tomando partido por alguno de los grupos judíos que estaban a favor o en contra de la colaboración con los invasores romanos.
Por un lado están los saduceos y los herodianos, los partidarios de Herodes, que son colaboracionistas con los romanos por interés económico. Ellos se beneficiaban directamente de la ayuda de los romanos que venía de los impuestos que todos los judíos tenían que pagar. Por otro lado estaban los que no estaban de acuerdo con los impuestos como eran los fariseos y los zelotes. La diferencia entre estos dos grupos era que estos últimos eran revolucionarios y su oposición al pago de los impuestos era a través de la violencia.
Si Jesús decía que era lícito pagar el impuesto a los romanos entonces lo acusarían de no ser buen patriota, buen judío. Además si se declara a favor de pagar los impuestos los fariseos buscarían desprestigiarlo ante el pueblo, sobre todo ante los más pobres, los campesinos que vivían oprimidos por los excesivos impuestos que los llevaban a la pobreza. Si decía que no era lícito pagar el impuesto entonces lo acusarían ante las autoridades romanas de rebelión o incluso de estar unido a los violentos Zelotes.
La trampa estaba echada, parecía que Jesús no tenía escapatoria pues solo podía responder si o no. Pero, como en otras ocasiones Jesús no cae en la trampa y no entra en su juego. El mensaje de Jesús no es partidista sino universal y no se detiene en las diferentes posiciones que enfrentan a los distintos grupos judíos. De entrada desarma a sus oponentes llamándolos a bocajarro: ¡Hipócritas! Pero ya que le preguntan sobre el impuesto, les pide que le muestren una moneda del mismo, cuya cara e inscripción era la del César de Roma, el emperador Tiberio en aquel momento. Luego concluye con la frase lapidaria y en dos tiempos: “Pues páguenle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Cristo había ampliado con habilidad el tema del impuesto, haciendo pasar la cuestión del ámbito civil al plano religioso. “Al oír ellos esta respuesta quedaron sorprendidos y, dejándolo, se fueron”.
Esta respuesta es una de las frases más conocidas y citadas de Jesús pero también de las más distorsionadas y manipuladas. Ha sido frecuente referir esta frase de Jesús a las relaciones Estado-Iglesia, cuando sería más acorde entenderla más bien del poder político o temporal en relación con el Reino de Dios. Jesús deja clara la primacía del servicio al Reino de Dios, que consiste en la amorosa soberanía divina sobre el mundo de los hombres mediante el amor, la verdad y la justicia en la tierra.
De las palabras de Jesús no se puede tomar los términos ‘César’ y ‘Dios’ como excluyentes afirmando que la Iglesia debe limitarse a los templos o sacristías y dejar la calle, la economía, el trabajo, el compromiso por la paz, la justicia y contra la pobreza, como competencia exclusiva de los políticos y gobernantes. Tampoco se debe interpretar ni como una sumisión de un poder a otro, de domesticar la religión y el evangelio para intereses políticos y personales o domesticar el poder político para los intereses religiosos.
En la solución que dio Jesús no se opone el César a Dios, lo temporal a lo espiritual, lo político a lo religioso, la autoridad civil al Reino de Dios; sino que, reconociendo la autonomía de lo terreno y del poder civil, establece siquiera implícitamente una jerarquía de términos que hace primar a Dios sobre el César. Cristo afirma que son deberes complementarios, y no excluyentes ni en litigio permanente. “Dar a Dios lo que es de Dios” es lo primero; y de ahí dimana el fundamento y la obligación también de “dar al César lo que es del César”. Ninguno de los dos, Iglesia y Estado, está supeditado al otro; sino que ambos lo están a Dios, Señor de la historia. Cada uno tiene su lugar propio con la debida subordinación al Reino de Dios, que es quien tiene la primacía.
Jesús no sacraliza la autoridad del que manda, pero sí le reconoce su derecho y presenta obediencia como un deber de los ciudadanos; por eso asiente al pago del impuesto. No obstante, delimita el cometido del poder civil al ordenamiento del bien común de la sociedad; pues coloca el derecho de Dios y la obediencia al mismo sobre la sumisión al Estado, que queda también dentro de la ordenación general a Dios. Por eso en caso de conflicto es Dios quien debe prevalecer, como proclamaron los Apóstoles ante el Sanedrín: “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29).
Nada mejor para definir la conducta de la Iglesia en la sociedad civil que tener a la vista el ejemplo y la actuación de Jesús de Nazaret. Jesús fue un hombre libre ante toda la ley, fuera religiosa o civil. Cumplía las observaciones básicas de la ley pero siempre que no fueran contra la persona. “La ley es para el hombre y el hombre para la ley”.
Aquí, en Paraíso, la postura de Jesús es la que queremos tener la comunidad parroquial respecto a las asociaciones vecinales y al gobierno municipal (los otros gobiernos quedan más lejanos y su presencia aquí prácticamente es nula). Colaboración absoluta con ellos en todo lo que redunde en el bien común de los vecinos de Paraíso. Ahora estamos cediendo los locales parroquiales para el censo que se está haciendo a nivel de todo el país. Hay algunos miembros de la comunidad parroquial implicados en las asociaciones vecinales de los distintos asentamientos humanos que hay en la parroquia. Algunos de ellos han tenido problemas cuando han tenido que denunciar la corrupción, el robo, el aprovechamiento personal de algunos miembros de las juntas directivas o su manipulación por los poderes políticos. Desde la comunidad parroquial los apoyamos en la denuncia profética a pesar de que algunas voces digan que la Iglesia no tiene que meterse en esto. Pero tenemos muy claro, desde la actuación de Jesús, que hemos detallado, que no podemos quedarnos callados. Por eso levantamos la voz, cuando es necesario, para denunciar el tráfico de terrenos, la invasión de las zonas de reserva ecológica o zonas verdes, el problema de la basura y todo lo que vaya en perjuicio de los vecinos de Paraíso, en especial de los más pobres, los preferidos de Jesús.