DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO MT 18,15-20

La corrección fraterna hecha con amor para ayudar al hermano a cambiar.

El evangelio de este domingo tiene dos partes: la primera trata de la recuperación comunitaria del pecador mediante la corrección fraterna y la segunda de la presencia de Cristo, en la comunidad de conversión y oración que es la Iglesia, cuando dos o tres están reunidos en el nombre del Señor. El contexto en que se desarrolla este evangelio de hoy, así como el del domingo siguiente sobre el perdón de las ofensas, es el cuarto de los cinco discursos que aparecen en el evangelio de Mateo, el discurso sobre la comunidad eclesial. El pasaje inmediatamente anterior a éste es la parábola de la oveja perdida que concluye con la afirmación de Jesús: vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños. Con estas palabras conecta con el tema de la corrección fraterna de hoy.

El pecado en la comunidad cristiana es una realidad, por desgracia; pues no es la Iglesia una asamblea angelical de seres impecables, sino de hombres y mujeres que, en medio de limitaciones y flaquezas humanas, caminan unidos como hermanos hacia Dios. El Papa Francisco suele decir que la Iglesia no es un museo de santos sino un hospital de pecadores. Por eso es necesaria la conversión fraterna como medio de conversión. La corrección fraterna es una práctica común a todas las culturas y todas las épocas. Los padres deben corregir a sus hijos, los profesores a los alumnos, las autoridades a los ciudadanos cuando no cumplan la ley. Todos debemos corregirnos mutuamente cuando hacemos algo mal si nos amamos de verdad y queremos lo mejor para el otro. La corrección es una obligación que no debe dejarse de hacer por un falso respeto pues eso no es caridad, no es amar ni querer bien.
Peor todavía si, además de abstenernos de la obligación de corregir al hermano, murmuramos a espaldas del hermano, o bien le echamos en cara su pecado o defecto en términos y tonos ofensivos. En estos casos, no sólo demostramos no saber ni querer corregir sino que también, por habernos constituido en jueces que condenan, perdemos al hermano para la conversión y la comunidad.

La corrección por tanto hay que hacerla pero no de cualquier manera ya que su objetivo es buscar el bien del otro, buscar el cambio y hay que saber cómo hacerla, el momento adecuado y las palabras oportunas. Dos cosas que no pueden faltar en la corrección son el amor y la humildad. La corrección hay que hacerla no con aire de superioridad creyéndonos mejores que los demás. El que corrige tiene que reconocer que seguramente él tiene otras cosas en las que necesita ser corregido y por eso no puede rechazar la corrección. Si se sabe que no es perfecto, que él tiene también otros pecados o errores, que no es mejor que la persona que quiere corregir, estará en disposición de corregir con amor.

“A nadie devolváis más que amor porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley” nos dice San Pablo en la carta a los Romanos. El amor no es una alternativa a la ley cristiana ni viene a competir con la misma, sino a darle plenitud. De este principio evangélico brotan todos los deberes o manifestaciones del amor, entre los cuales se acentúa hoy la corrección fraterna. La corrección fraterna es fácil cuando existe el amor y muy difícil, por no decir imposible, cuando la comunión fraternal está ausente. Es un hecho comprobado que en un clima familiar, como el que existe entre marido y mujer, padres e hijos, hermanos entre sí, educador y alumnos, la corrección resulta natural y se acepta, no molesta, no distancia. Igual pasa con grupos muy unidos por amistad profunda o por una vida religiosa común. ¿Por qué? Porque el hermano corregido se sabe amado personalmente.

Para lograr esta finalidad de la corrección, que es el cambio del hermano, San Mateo propone las etapas que debe seguir a la corrección fraterna. “Si tu hermano peca, primero corrígelo a solas; si no te hace caso, llama a otros dos testigos; y si fallan los dos primeros pasos, pon el asunto en manos de la comunidad. La primera etapa es todo privado: solo desde el respeto al otro se le puede hacer recapacitar y ganar al hermano. La segunda etapa es también privada pero con testigos. Solo si las otras dos fallan viene la tercera etapa que es el juicio de la comunidad. La comunidad tiene poder de “atar y desatar” dada por Jesús y por tanto tiene la facultad de reconciliar al pecador bien dispuesto; o, en última instancia, de excluirlo de la comunión de quienes comparten una misma fe y esperanza cuando, por obstinación del culpable, falla la pedagogía del amor dialogante y misericordioso.

El evangelio termina con la afirmación del poder de la oración cuando ésta se hace en comunidad porque “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Lo decisivo para Jesús es que nos reunamos en su nombre porque hemos escuchado su llamada, porque nos identificamos con el proyecto del reino de Jesús, porque Jesús es el centro. Eso es lo decisivo, no la cantidad de los que se reúnen, ni para qué se reúnen, ni las normas o leyes que hay que cumplir. No nos reunimos por costumbre ni por disciplina y mucho menos por sumisión a un precepto. Lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano. Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidad de Jesús, que nos reunimos para escuchar su evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su buena noticia.

Como nos está recordando constantemente el Papa Francisco, necesitamos volver al evangelio, centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como única fuerza capaz de generar nuestra fe gastada y rutinaria. Volver a la radicalidad del evangelio. “Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” (EG n° 11).

El mes de septiembre es el mes de la biblia y como todos los años en este mes tenemos un taller bíblico para ir formándonos mejor en la palabra de Dios fundamental para que los agentes de pastoral parroquial nos convirtamos en discípulos misioneros. Este año queremos seguir la estela de la semana de teología de nuestra diócesis de Lurín-Lima Sur que ha versado sobre la actualización pastoral del documento de los obispos latinoamericanos de Aparecida, del que estamos celebrando el X aniversario. Veremos la aplicación de este documento, hoja de ruta de la Iglesia Latinoamericana, a nuestra comunidad parroquial. El coordinador de redacción de este documento fue el entonces arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco y en él se ven claramente señalados muchos de sus pensamientos que en estos años de su Pontificado nos ha ido desgranando. Su exhortación apostólica Evangelii Gaudium es imprescindible para conocer el pensamiento del Papa Francisco centrado en el evangelio, en los documentos del Concilio Vaticano II y en la encíclica del Papa Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, de donde derivan los ejes fundamentales para su propuesta del anuncio del evangelio en el mundo actual.