DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO MT 16,21-27

Anuncio de la Pasión y muerte, reacción de Pedro y respuesta de Jesús: condiciones para el que quiera ser su discípulo y seguir su camino.

Tras la confesión de fe de Pedro en Jesús como Mesías e hijo de Dios que leíamos en el evangelio del domingo pasado (Mt 26, 13-20), hoy Jesús hace el primer anuncio de su pasión, muerte y resurrección, que tendrá lugar en Jerusalén. A La reacción de Pedro, que está dispuesto a impedir que eso suceda, responde Jesús amonestándolo severamente. Termina el evangelio con la presentación por parte de Jesús de las condiciones que tiene que cumplir todo discípulo que quiera seguir su camino.

Jesús anuncia que tiene que ir a Jerusalén, donde va a padecer por causa de los dirigentes judíos, va a ser ejecutado y resucitar al tercer día. La reacción de Pedro llevando aparte a Jesús para reprenderlo no concuerda con la profesión de fe mesiánica y en la divinidad de Jesús que acaba de hacer. Pero es que Pedro tenía una idea del mesías que no coincidía con el mesianismo que quería el Padre. La misión que Jesús ha recibido del Padre es la de ser un mesías sufriente, crucificado. Sin embargo, el mesías que esperaba mucha gente, incluidos los apóstoles, con Pedro a la cabeza, es un mesianismo triunfante, político. Pensaban que Jesús iba a ponerse al frente de un ejército para derrocar a los romanos que tenían dominado al pueblo judío instaurando un nuevo reino donde él sería el rey y ellos ocuparían los puestos más importantes. Jesús va a triunfar, pero en la cruz, no con la fuerza de las armas. El reino que Jesús trae no es geográfico sino el reino de la paz, la justicia, el amor, la fraternidad. Desde el concepto mesiánico de Pedro la cruz es un fracaso pues en ella morían los criminales y ladrones. Pero Jesús asumiendo la cruz le va a cambiar el sentido, pasando a ser signo de vida y no de muerte, de triunfo y no de fracaso y el signo distintivo del discípulo que sigue su camino, el signo distintivo de los cristianos.

La reacción de Pedro fue la misma que en las tentaciones del desierto: “quítate de mí vista satanás”. Tanto el diablo como Pedro pretendían lo mismo, alejar a Jesús del mesianismo sufriente que le pedía el Padre y seguir el mesianismo triunfante que esperaba la gente. “Tú piensas como los hombres, no como Dios”. ¿Qué significa pensar como los hombres? Es una forma de hacernos ver que es posible para un creyente caer en la tentación de prescindir de Dios y organizarse la propia vida independientemente de Él, como si no existiera. A la vez, es una forma de denuncia del hecho de no mirar la realidad y la cruz que conlleva, manifestación del dolor y del sufrimiento de tantas personas cercanas y lejanas. Pensar como Dios, por otro lado, sería la forma de hacernos ver que nuestra manera de vivir la realidad cotidiana, con sus alegrías y esperanzas, con sus tristezas y angustias, tiene que ajustarse a la voluntad de Dios y a la mirada amorosa que proyecta sobre ella.

Tras estas palabras duras hacia Pedro Jesús va a exponer las condiciones que deben cumplir aquellos que quieran seguir su camino. “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Seguir a Jesús es la clave que nos abre el secreto del Reino de Dios inaugurado en la persona de Jesús, y nos introduce en su estilo de vida, en su misión y en su destino, para ir asimilando progresivamente sus actitudes y criterios hasta tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús tenía. El destino de Jesús, razón suprema de su vida y misión, culmina en el misterio pascual, es decir en su paso a través de la cruz y la muerte a la resurrección y la glorificación como Señor de la vida. El discípulo que sigue a Cristo en la persecución, la cruz y la muerte, además de confirmar la autenticidad de su discipulado, tiene la garantía de vivir con Jesús también su destino glorioso.

“Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”. Esta afirmación aparece hasta seis veces en los evangelios y con ella Jesús está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida. Hay dos maneras de orientar la vida: una que conduce a la salvación y otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo pero que conduce al ser humano a la salvación definitiva. El primer camino consiste en aferrarse a la vida, viviendo exclusivamente para uno mismo, hacer del propio yo la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición. El segundo camino consiste en saber perder viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto sobre la humanidad del Padre. Saber renunciar a la propia seguridad y ganancia, buscando el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.

Aplicado esto al mundo actual nos podemos preguntar qué futuro espera a una humanidad donde los poderes económicos buscan su propio beneficio, los países sus propio bienestar y los individuos sus propios intereses. Esta lógica que dirige la marcha del mundo conduce a pueblos e individuos a la esclavitud del querer siempre tener más y nunca estar satisfechos de lo que tenemos. Buscamos bienestar pero nos estamos deshumanizando. Queremos progresar pero ese progreso nos lleva a abandonar a millones de seres humanos en la miseria, el hambre y la desnutrición.

Hace cincuenta años el Papa Pablo VI sorprendía a la Iglesia y al mundo con la promulgación de una encíclica social: “Populorum Progressio” (el progreso de los pueblos). El contenido doctrinal de esta encíclica gira en torno al desarrollo integral del hombre y al desarrollo solidario de la humanidad. El Papa presenta el desarrollo auténtico como “el paso para todos y cada uno de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”. Este paso, continúa Pablo VI, no está circunscrito a las dimensiones meramente económicas y técnicas, sino que implica, para todas las personas, la adquisición de la cultura, el respeto a la dignidad de los demás, el reconocimiento de los valores supremos y de Dios. “Para ser auténtico el desarrollo ha de ser integral, es decir, debe promover el bien de cada persona y de la totalidad de las personas”. El desarrollo debe estar centrado en las personas porque, si no es así, no es deseable e incluso es peligroso. Han pasado cincuenta años desde estas declaraciones de Pablo VI y siguen siendo totalmente actuales. Concretamente, Perú en los niveles macroeconómicos ha prosperado mucho y esto ha llevado a muchos analistas a decir que Perú ha abandonado la pobreza y muchas ONGs y organismos internacionales dejen de tener a Perú como prioridad en sus proyectos. Yo lo he vivido personalmente con varias ONGs. Seguimos con la mentalidad economista que denunciaba Pablo VI de reducir el desarrollo a la economía olvidándose de las personas. En Perú sigue habiendo millones de personas en la pobreza en aldeas perdidas de la sierra y de la selva y los asentamientos humanos de los suburbios de las grandes ciudades, sobre todo de Lima. No puede haber auténtico desarrollo, como decía el Papa, cuando muchas familias siguen viviendo en condiciones infrahumanas: sin agua, sin luz, sin acceso a una sanidad y educación dignas. En Perú sigue habiendo muchas enfermedades que llevan a la muerte, como la tuberculosis, porque muchas familias no tienen los recursos suficientes para una alimentación nutritiva. Por eso, no debemos olvidar lo que nos dijeron los obispos latinoamericanos en Aparecida: “todo proceso evangelizador implica la promoción humana integral y la auténtica liberación, sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”. Y por eso tenemos que tomarnos muy en serio la reciente llamada del Papa Francisco a las parroquias a que “estén en contacto con la vida de la gente, la vida del pueblo, con las puertas abiertas para dejar que Jesús salga afuera con la alegría de su mensaje”. Para ello nos dice el Papa Francisco, es necesario que las parroquias “no sean oficinas funcionales sino que, animadas de un espíritu misionero, sean lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad”.