DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO. Mt 15, 21-28

Jesús alaba La fe de una cananea (pagana, no judía) más grande que la de los judíos.

En el Domingo XX del tiempo ordinario leemos la segunda parte del capítulo 15 de San Mateo que se desarrolla en el territorio de Tiro y Sidón, pasando la frontera del territorio judío, en lo que hoy es el Líbano. Es de las pocas veces que Jesús sale del territorio de Israel pues el poco tiempo que duró su misión publica no le daba tiempo al anuncio del evangelio en otros lugares, eso sería la misión de los discípulos. Allí sale a su encuentro una mujer no judía, pagana, más aún es una mujer “cananea” procedente de Canaán donde se establecen los israelitas liberados de la esclavitud de Egipto tras combatir y expulsar al pueblo de Canaán, personificación de la impiedad en el AT.

El diálogo que sigue entre Cristo y la mujer cananea hay un cierto duelo dialéctico y un fondo de ironía provocado por Jesús para hacer ver que no puede menos que actuar en favor de esta mujer ante la súplica ingeniosa pero humilde y llena de fe de esta mujer, como en el caso de la súplica de su madre María, en las bodas de Cana que lo hizo adelantar su hora.

Para comprender esta extraña actuación de Jesús, que parece en principio negarse a acoger a esta mujer y utiliza palabras que suenan poco amables, es necesario ver el contexto en que Jesús pronuncia estas palabras. En la primera parte del capítulo 15 de Mateo que precede a este relato leído hoy, se nos narra la dura discusión de Jesús con los escribas y fariseos. Estos le acusan de no cumplir la ley, de no ser un buen judío pues él y sus discípulos se saltan algunos de los rituales judíos. Jesús era un fiel cumplidor de las leyes judías pero lo que no aceptaba eras las más de 600 normas o preceptos que habían añadido a la ley y que “cargaban como fardos pesados sobre la gente humilde”. De alguna manera Jesús al salir fuera del territorio de Israel y actuar en principio como hubieran actuado con ella los escribas y fariseos según la ley, quiere mostrarles lo absurdo de esa postura más aún cuando esta mujer demuestra tener más fe que ellos.

La fe como condición única para pertenecer al pueblo de Dios es el mensaje bíblico y teológico que subyace en la escena evangélica de este domingo. La cuestión de fondo que aquí se plantea es el universalismo de la salvación de Dios por el hombre. Jesús deja claro las condiciones para pertenecer al nuevo pueblo de Dios no se basan en la sangre, ni la raza, ni la nación ni la cultura, el sexo ni la condición social (como más tarde insistirá San Pablo a los Gálatas y a los Colosenses: “entre los que se han bautizado ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús”.

Ante el aparente rechazo de Jesús a la mujer. esta insiste con perseverancia pero con humildad. Ella reconoce que no tiene derecho a exigir nada a Jesús que no puede obligarlo a actuar con un milagro porque eso es un don gratuito y no algo a lo que tenga obligación de concederlo. En otra ocasión en que Jesús se encuentra con un leproso, este también tiene la misma actitud humilde que la mujer cananea: “si quieres puedes limpiarme”. Hace una súplica humilde, sin exigencias, sabiendo que no tiene ningún derecho a obligar a Jesús a curarlo. Estas personas humildes nos dan una lección a nosotros que tantas veces nos creemos con todos los derechos y nos dirigimos a Dios con exigencias. Cuanta gente con una fe poco formada entienden la oración como una búsqueda egoísta de favores de Dios, intentando comprarlos con espíritu mercantil a base de buenas obras, rezos, novenas, rosarios, lamparitas, procesiones, bendiciones, donaciones, misas pagadas generosamente.

Jesús alaba esta mujer que une su fe a una oración humilde pero profunda. La fe de esta mujer aparece con un fuerte relieve personal: fe centrada en la persona de Jesús al que reconoce como Mesías, (el título de Hijo de David es un título mesiánico al que habían hecho referencia los profetas: El mesías sería descendiente de David), fe que sale al encuentro del Señor, fe dinámica y orientada a la liberación del prójimo, su hija en este caso. Por otra parte su oración reúne las condiciones que Cristo quiso para la misma: confianza, perseverancia sin desmayo. La grandeza de su fe suplicante radica en su actitud personal, como reconoce Jesús: pues se abre con pobreza de espíritu a la voluntad de Dios, a la primacía de su Reino y de su justicia ante todo, y simultáneamente al bien del otro.

Fe, oración y compromiso con el prójimo deben ir unidas en nuestra vida de discípulos misionero. La fe es la actitud básica del creyente, la condición constitutiva e indispensable, lo primero de todo pues es nuestra respuesta a la oferta de amor y salvación de Dios. La oración a su vez, evidencia la presencia y vitalidad de la fe en el dialogo del hombre con Dios. Esa oración ha de proyectarse a la vida, al compromiso temporal y conducta social del creyente que pide anhelante y coopera a la venida del Reino de Dios al mundo de los hombres.

Toda práctica y expresión religiosa, toda oración también, debe ser fruto de una fe adulta y de un amor desinteresado. El ejercicio de la oración cristiana tiene pues un campo más amplio que la petición interesada. La oración de la fe es diálogo con Dios y disponibilidad ante El, es apertura a la fraternidad humana, a los problemas de los que sufren por cualquier motivo. La crisis actual de fe y oración de muchos cristianos se debe a un enquistamiento infantil, empobrecedor, por inmadurez personal y por desconocimiento de la palabra bíblica, ausencia de vida teologal y falta de formación religiosa. La causa de muchas crisis de fe no es un fallo del contenido u objeto de la fe misma que es la persona de Jesús como en la imagen y revelación de Dios Padre, sino en el estancamiento, tanto de nuestra relación personal con El por falta de diálogo oracional como de nuestra formación cristiana por falta de crecimiento en la fe y sobre todo por falta de ejercicio de la misma en la práctica religiosa y en compromiso social más allá del asistencialismo que busca tranquilizar la conciencia o comprar a Dios.
Urge hoy una visión y presentación del tema religioso, una respuesta nueva de la fe al hombre actual y sus problemas. Una fe madura requiere una catequesis, una evangelización y una conversión continuas que sustituyan a la ignorancia y los malentendidos por la luz y la verdad, el miedo al castigo por el motivo del amor, y en definitiva el desconocimiento de Cristo y su mensaje por un contacto personal con El y con la comunidad de hermanos.

Estamos celebrando este año el décimo aniversario del documento de Aparecida fruto de la V Conferencia del episcopado latinoamericano y del caribe. En las conclusiones de este documento, cuyo coordinador de redacción fue el entonces arzobispo de Buenos Aires y hoy Papa Francisco, se nos anima a despertar en la Iglesia de América latina un gran espíritu misionero ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad y amor, de alegría y esperanza! Para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos. Hay que fortalecer la fe pues está en juego el desarrollo armónico de la sociedad y la identidad católica de sus pueblos. No hemos de dar nada por supuesto y descontado. Todos los bautizados estamos llamados a recomenzar desde Cristo pues solo gracias a ese encuentro y seguimiento podremos salir a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar y gozar” ( DA n° 548 y 549).
Ya son más de seis años los que llevo en la iglesia Latinoamérica y cada vez veo más claramente todas sus potencialidades, todas sur riquezas pero a la vez sus deficiencias y lagunas por falta de una autentica evangelización y formación cristiana que llevan a muchos a un espiritualismo desencarnado y a otros a un activismo ideológico en ambos casos lejos de una fe madura que se fortalece en la oración autentica, en el encuentro personal con Cristo que nos lleva a ponernos en camino hacia el prójimo para llevar como María la alegría que nos rebosa en el corazón y no podemos guardarla solo para nosotros y proclamar que Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. Nos decían en la semana teológica de la diócesis de Lurín sobre la actualidad de Aparecida la incongruencia que un país tan religioso como Perú haya tanta corrupción, delincuencia, pobreza, violencia doméstica, machismo. Ante eso se debe recuperar el equilibrio entre fe, oración y compromiso social de los discípulos misioneros para no caer en el espiritualismo y en la ideología que nos aleja del evangelio de Cristo.