DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Mt 13, 24-43)
Parábola de la cizaña y el trigo, el grano de mostaza y la levadura en la masa.
Seguimos leyendo el capítulo 13 de San Mateo, que contiene las siete parábolas del reino. Tras leer el domingo pasado la parábola del sembrador, hoy leemos tres parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura en la masa. El evangelio de hoy tiene dos partes. Primera: narración de las tres parábolas. Segunda: Explicación de la parábola de la cizaña en el trigo.
Jesús habla en parábolas para hacerse entender mejor por la gente que le seguía, utilizando un lenguaje sencillo y encarnado en la realidad. Escoge comparaciones o imágenes tomadas de la vida del campo y de la vida doméstica. En una región agrícola como Galilea todos estaban familiarizados con las tareas agrícolas. Todos sabían lo que era la siembra y la cosecha. Igualmente utiliza imágenes tomadas de la vida doméstica, como en este caso, de la elaboración del pan. Jesús es un maestro que supo aprovechar las circunstancias que le brindaba la naturaleza para transmitir el encargo del Padre.
Tanto la parábola del sembrador como la del trigo y la cizaña, son una respuesta a los fariseos que se creían los puros, los perfectos, los santos y criticaban que Jesús se mezclara con los pecadores y publicanos e incluso eligiera a uno de ellos como discípulo.
La cizaña, cuando empieza a crecer no se distingue del trigo y por eso no es bueno arrancarla al principio pues hay peligro de arrancar el trigo junto a ella. Es mejor esperar a que crezca cuando ya se diferenciará bien y arrancarla en el momento de la cosecha. Con esta imagen Jesús nos quiere hacer ver que el mundo es imperfecto, lo bueno y lo malo están revueltos y envueltos y no es fácil separarlos. Nadie puede presumir de ser totalmente trigo limpio, sin tener nada de cizaña y nadie es tan malo que todo sea cizaña y no tenga algo de trigo limpio. Por eso debemos dejar que sea Dios el que juzgue y no nosotros, esperar a la cosecha final para separar el trigo de la cizaña y no antes.
La actitud propia del hombre tiene que ser esperar con paciencia la cosecha donde el que separa el trigo de la cizaña es Dios. Dios se muestra tolerante con su criatura, el hombre, que es débil y peca y por eso, al hombre le toca ejercitar la paciencia y rechazar todo celo impaciente, toda intolerancia, intransigencia, fanatismo y todo juicio negativo sobre los demás y dejar que madure poco a poco la cosecha, dejar hacer a Dios hasta que llegue su hora. Estamos por tanto ante una parábola de acento escatológico como en el caso de la palabra del sembrador. La siega es imagen clásica del juicio de Dios; mientras tanto es el tiempo de la paciencia del hombre.
La lección que se desprende de esta parábola del trigo y la cizaña es para todos pues todos somos intolerantes para los fallos ajenos, pero muy amigos de auto justificarnos y muy fáciles para excusarnos. Tenemos una vista muy aguda para ver la motita en el ojo del otro, y sin embargo no percibimos la viga en el nuestro. Mientras no nos reconozcamos implicados en el mal del mundo, ni nos convertiremos ni experimentaremos la paciente comprensión de Dios y la esperanza de que el pecado da lugar al arrepentimiento, no habremos aprendido a ser humanos con nuestros semejantes. El bien y el mal no están fuera de nosotros, sino dentro del propio corazón. Pero porque olvidamos esto nos constituimos en jueces de los demás.
La imagen del grano de mostaza, una semilla muy pequeña que cuando crece se hace el más grande de los arbustos nos ayuda a comprender el proyecto del Reino de Dios, que tiene comienzos humildes pero que tiene una gran fuerza transformadora de la realidad humana produciendo grandes frutos. La imagen de la levadura en una masa grande de harina que la va trabajando silenciosamente hasta fermentarla por completo, nos ayuda a comprender lo que sucede con el proyecto de Dios sobre el hombre. El proyecto del Reino una vez introducido en el mundo va transformando calladamente la historia humana.
El crecimiento del Reino de Dios sigue un proceso desconcertante para nuestra impaciencia, pero que no permite el pesimismo ni la desesperanza, porque el éxito final es de Dios. El crecimiento del Reino es incontenible a partir de comienzos insignificantes, totalmente desproporcionados según los criterios humanos, irrisorios diríamos, no obstante y a pesar de las dificultades iniciales, la fuerza de Dios, del bien sobre el mal, acaba por vencer la dura realidad sin emplear métodos de choque ni violar la libertad humana.
Tenemos que confiar en Jesús y en su proyecto del Reino, algo humilde y pequeño en sus comienzos pero que Dios va trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia. Construir el Reino de Dios es apostar por una Iglesia menos poderosa y más cercana a los pobres pues solo así será una Iglesia más libre y más humilde para sembrar el Evangelio y ser fermento en medio de la gente de una vida más digna y fraterna.
Jesús nos deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizado del Padre, el Reino de Dios, sembrando semillas de Evangelio e introduciéndolo en la sociedad como pequeño fermento de vida humana. En el Reino de Dios los primeros son los últimos, los que sirven son los que tienen poder.
Trabajar por instaurar el Reino es luchar por conseguir condiciones de vida donde reine la justicia, la paz, la fraternidad. Trabajar por conseguirlo no huyendo del mundo sino implicándonos en su transformación aquí y ahora, no esperar pasivamente el Reino de Dios. Todos somos responsables de que el Reino crezca y se extienda como el grano de mostaza, como la levadura que fermenta la masa de nuestro mundo.
Jesús utilizaba las parábolas para que la gente sencilla comprendiera su mensaje sobre el Reino y por eso es también la gente sencilla la que te hace comprender mejor estas parábolas. A veces los sacerdotes y agentes de pastoral utilizamos un lenguaje elevado, clericalizado, desencarnado de la realidad que la gente humilde y sencilla no comprende. Por eso es necesario no tener miedo de salir a las periferias físicas y existenciales para encarnamos en la realidad en que vivimos. “La comunidad evangelizadora se mete en obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. La comunidad evangelizadora cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña sino que encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados.” ( Papa Francisco en la EG n° 24).
Por eso tengo claro que mi misión en esta comunidad del Paraíso, en la que Dios me ha pedido en estos momentos, es sembrar su Palabra, donde el trigo y la cizaña están envueltos y revueltos en cada persona, es acompañar procesos por muy duros y prolongados que sean. Como el grano de mostaza, como la levadura en la masa tengo que confiar en que Dios sabrá producir sus frutos a su tiempo. Mientras tanto lo que toca es encarnación en la realidad, acompañar a las personas desde la libertad, sembrar pequeñas semillas, introducir pequeñas levaduras en medio de esta realidad como fermento de una vida más digna y fraterna. Solo formando una pequeña comunidad cristiana desprovista de privilegios, pobre y humilde, donde los pobres sean los primeros, contribuiré a poner mi granito de arena en la construcción del Reino de Dios aquí y ahora, en El Paraíso.