DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (Mt 13, 1-13)
Parábola del Sembrador. Sembrar con generosidad en todos los ambientes sin preocuparse de la cosecha.
En este domingo décimo quinto del tiempo ordinario comenzamos a leer el capítulo 13 del evangelio de Mateo donde nos encontramos con siete parábolas sobre el Reino de Dios. Hoy leemos la parábola del sembrador, el próximo domingo, domingo décimo sexto, las parábolas del trigo y la cizaña, la levadura en la masa y el grano de mostaza; el domingo décimo séptimo leeremos las tres últimas parábolas de este capítulo 13, las parábolas del tesoro escondido, la perla preciosa y la red. Sería bueno que en estos días leyéramos el capítulo 13 entero para situarnos mejor en el contexto y la finalidad con que Jesús pronuncia estas parábolas.
Nos dice el texto de San Mateo que Jesús subió a una barca se sentó, y desde ella se puso a hablar a la gente que estaba en la orilla del mar. Les habló mucho rato en parábolas. Las parábolas del evangelio pertenecen a un género didáctico de la biblia que es propio y exclusivo de Jesús ya que no aparecen ni en la biblia ni otros escritos. Cada una de las parábolas tiene una introducción que explica la finalidad de la parábola: “el reino de los cielos se parece a”. Las parábolas son por tanto comparaciones o imágenes, sacadas de la vida ordinaria, de la vida doméstica, de la vida del campo, destinadas a ilustrar o enseñar una idea o enseñanza concreta, hacer comprender a sus oyentes los secretos del reino de los cielos. En una parábola hay que atender al conjunto, del que se desprende una conclusión única en forma de enseñanza.
La primera parábola, que leemos hoy, de las siete que aparecen en el capítulo 13 de Mateo, es la del sembrador. En ella hay cuatro elementos principales: el sembrador, la semilla, el terreno y el fruto. El objetivo de esta parábola es sensibilizarnos, interpelarnos seriamente en el cómo vivimos nuestra fe y si hacemos algo por transmitirla a los demás. Nos tenemos que preguntar qué clase de terreno somos y responder de forma sincera primero personal y luego comunitariamente.
Lo primero que llama la atención es el modo de sembrar del sembrador. Lo hace con generosidad, siembra de manera abundante, con una confianza sorprendente. La semilla cae en todas partes incluso por donde parece difícil que pueda germinar. El sembrador de esa parábola es el mismo Jesús que siembra su palabra en todas partes y a todas las personas: a la gente sencilla y a los escribas y fariseos, a los ricos y a los pobres, a los buenos y a los malos.
Unos la acogen y otros la rechazan pero eso no desalienta al sembrador Jesús, pues sabe que su misión es sembrar y no está obsesionado por recoger, por tener éxitos llamativos. Esa obsesión que tenemos a veces los sembradores actuales de la palabra de Dios es estar pensando en la cosecha al momento de sembrar, de llamar la atención y conseguir un éxito masivo, aplausos y alabanzas, lo cual impide que sembremos bien la palabra. El sembrador Jesús es un sembrador convencido, entusiasta, seguro, enamorado de la semilla que ofrece y así debemos ser todos los sembradores de la palabra pues si nos falta fuerza y pasión no convencemos a nadie.
En segundo lugar está lo que es el centro de la parábola: la semilla. La palabra de Dios es la semilla que Jesús siembra en el corazón de las personas. El sembrador de la palabra es un servidor de la palabra. No transmite sus propias palabras, ni lo que la gente quiere escuchar, sino la palabra que Dios ha puesto en su interior que le quema dentro y tiene que sacarla fuera. El sembrador tiene que estar convencido de que la palabra de Dios es viva y capaz de transformar a la persona.
El tercer elemento de la parábola es el terreno. Una vez que el sembrador ha cumplido su misión y la semilla es enterrada, el terreno va a ser fundamental en el éxito de la cosecha. Igual que hay distintos terrenos donde se siembra la semilla y en cada uno los resultados de la siembra son distintos, los corazones humanos en los que se siembra la palabra de Dios son distintos y de ellos depende el éxito o el fracaso de la siembra y que la cosecha produzca más o menos frutos.
Son cuatro los terrenos que describe la parábola comparándolos con cuatro disposiciones del corazón del hombre para recibir la palabra: el camino, terreno pedregoso, terreno entre zarzas y tierra buena.
Lo sembrado al borde del camino, que al quedarse en la superficie, sin penetrar en la tierra, se la comen los pájaros, representa al que tiene el corazón endurecido y no escucha la palabra o la rechaza.
Lo sembrado entre piedras, que brota enseguida y se agosta por falta de raíz, significa el que escucha y acepta la palabra de Dios con prontitud y alegría pero, al carecer de base, la fe no es sólida, no es una fe adulta y entonces las dificultades, los problemas, los fracasos, las incomprensiones, las críticas, son más fuertes que la fe dañando y destruyendo la palabra.
Lo sembrado entre zarzas y abrojos crece bien y rápido pero cuando crecen las zarzas asfixian la semilla, refleja al que, por los afanes de la vida y la seducción del dinero y del consumismo ahoga, hace estéril la palabra que escucha. Estas personas, a diferencia de las anteriores suelen ser agentes de pastoral bien preparados, bien formados, con una fe sólida que no se deja influenciar por condicionamientos externos. Pero la soberbia, la vanidad, el orgullo, la autosuficiencia, el creerse los buenos, los puros, los perfectos, los santos, es el impedimento para que la palabra produzca buenos y abundantes frutos. Son los que buscan como los fariseos las apariencia, el llamar la atención, fama y alabanzas. Producen muchas hojas grandes y llamativas, hojarasca, pero sin savia en su interior y por eso no dan apenas frutos. La falta de humildad, de sencillez, de gratuidad, malogra los frutos.
Finalmente, lo sembrado en tierra buena significa al que entiende y acepta con generoso corazón la palabra que escucha. Los que tienen buenas y firmes raíces. Una fe sólida e inquebrantable. Una fe adulta y madura que sabe que él no es el protagonista sino un humilde servidor de la palabra. La palabra sembrada en estos corazones, tarde o temprano, termina dando fruto: treinta, sesenta y hasta ciento por uno.
Por experiencia personal y por lo que veo en la gente a la que el Señor me encarga sembrar su palabra, en este caso en los cerros del Paraíso, en el cono sur de Lima, los diferentes terrenos no están separados sino más bien entremezclados. Todos tenemos algo de terreno del camino, terreno pedregoso, terreno con zarzas y abrojos y terreno bueno. Lo importante es que, como receptores de la semilla y como sembradores, tengamos muy claro esto. Hay que tener la humildad para reconocer lo que hay en nuestro corazón que impide a la palabra producir sus frutos. Éste es un gran problema en algunos grupos y agentes de pastoral, es decir que la soberbia y el orgullo malogran los frutos de la palabra en él y además afectan a la comunidad. También hay que conocer muy bien el terreno donde debemos sembrar la palabra de Dios y para eso es necesario ser una iglesia en salida, ir a las periferias físicas y existenciales.
En mi caso son los cerros del paraíso donde, literalmente, hay terrenos duros y pedregosos y corazones endurecidos por el sufrimiento y la pobreza, corazones sin raíces para acoger la palabra o que están movidos por distintos intereses, pero a la vez son corazones humildes y sencillos preparados para recibir la palabra de Dios y producir frutos.