DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO. Mt 14, 22-33
Subió al monte a orar. ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? Necesidad del encuentro con Dios en la oración para fortalecer nuestra fe.
El evangelio de este domingo décimo noveno del tiempo ordinario, tomado del capítulo 14 de Mateo, tiene dos partes dos partes: la primera donde nos dice que Jesús subió al monte a solas para orar y la segunda el episodio que tiene lugar en el mar de Galilea cuando los apóstoles están pescando y Jesús se les aparece caminando sobre las aguas.
Jesús, tras despedirse de la gente y de los apóstoles que montan en la barca para adentrarse en el mar, subió al monte a solas para orar. No nos narra cuanto tiempo estuvo orando pero si nos dice que llegada la noche estaba allí solo. Son muchos los textos bíblicos en los que Jesús se retira solo, de noche o de madrugada, a un lugar solitario, la montaña, un monte a más bien un pequeño cerrito, como diríamos aquí en Perú, como en este episodio, ya que alrededor del lago de Galilea no hay montes altos y menos montañas.
En el contexto bíblico, subir a la montaña, al monte, significa ir al encuentro de Dios. El monte, como el desierto y la soledad, más que un lugar topográfico es situación humana de prueba y oportunidad de contacto con Dios. En el Antiguo Testamento, los montes son lugar de la teofanía y la manifestación de Dios. Así subió Abrahán con su hijo Isaac al monte Moria, Moisés al Horeb, al Sinaí, y al Nebo. Elías al Carmelo y al Horeb. En el nuevo testamento Jesús sube al monte de las Bienaventuranzas para promulgar la nueva Ley, al monte Tabor para manifestar un anticipo de su gloria, al Calvario para dar su vida y al monte de la Ascensión para confirmar su exaltación definitiva al Padre mediante la resurrección de la muerte.
Jesús necesitaba encontrarse a solas con su Padre para sacar fuerzas para su misión. A pesar de su inmensa actividad, con agotadoras jornadas de camino, predicación y curaciones, quita tiempo a su descanso para retirarse a un lugar solitario, lejos de la gente, del ruido, para entrar en contacto con el Padre a través de la oración. Nosotros, seguidores de Jesús, también necesitamos hablar con Dios en el silencio de la oración. El Papa Francisco en la Evangelii Gaudium nos dice que necesitamos “evangelizadores con Espíritu… que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. Bien apoyados en la oración, sin la cual todo acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma”. (EG n° 259).
Imposible vivir una vida interior, intima unión con Dios, si no se hace oración. La oración es descanso del alma, fortaleza en el Espíritu, serenidad y confianza en medio de las dificultades. Orar es acercarse a Dios, hablarle, comunicarse con él. La oración alegra el corazón, levanta el ánimo, ilumina el camino del discípulo misionero y lo capacita para recorrerlo. Un periodista que entrevistaba a la Madre Teresa de Calcuta, al comentarle lo que hacía diariamente le dice que hace cuatro horas diarias de oración y el resto del tiempo lo dedica al servicio de los pobres, los enfermos, los moribundos que recoge en la calle. Entonces el periodista le dice que si dedicara menos tiempo a la oración tendría más tiempo para poder ayudar más a los necesitados. La Madre Teresa le respondió que sin esas cuatro horas de oración no podría hacer nada de lo que hacía.
La segunda parte del evangelio de hoy es el episodio que tiene lugar en el mar de Galilea. Se desata una gran tormenta y las olas sacuden la barca donde están los apóstoles. En ese momento se aparece Jesús caminando sobre el agua y los discípulos se asustaron y empezaron a gritar creyendo que era un fantasma. Jesús los tranquiliza: “animo, soy yo, no tengan miedo”. Pero les puede más el miedo que la confianza en Jesús y Pedro quiere una prueba de que es Jesús de verdad: que él pueda caminar también sobre las aguas. Jesús le pide que camine hacia él. Pedro empieza a caminar pero el miedo es más grande que la confianza en Jesús y empieza a hundirse y grita pidiéndole ayuda: “Señor sálvame”. Entonces Jesús extiende la mano y lo agarro y le dice “¡Que poca fe! ¿Por qué has dudado?
La barca sacudida por las olas y el fuerte viento es figura de la Iglesia amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentadas desde dentro por el miedo y la mediocridad. Pedro nos representa a todos sus seguidores que recibimos esa llamada de Jesús a seguirlo pero nos falta la confianza incondicional en él. La fe es fiarnos, confiar abandonarnos en Jesús. Pero muchas veces queremos hacer las cosas por nosotros mismos, con nuestras fuerzas y a la menor dificultad sentimos miedo y nos venimos abajo. Pero siempre podemos acudir a Jesús que nunca nos rechaza a pesar de nuestra falta de confianza en el él y está dispuesto a levantarnos. Pero no nos libra de denunciar, como hace con los apóstoles, nuestra poca fe.
La iglesia y cada uno de nosotros pasamos a veces por crisis de fe pero estas deben servir para purificarnos, para liberarnos de intereses mundanos que nos han alejado de Jesús y conducirnos a una Iglesia más evangélica, sin miedo ni temor. Necesitamos una fe fuerte y valiente que no tiene miedo antes las dificultades porque se fía de Jesús, porque pone su confianza en él y no en nuestras fuerzas. Que como San Pablo “reconociendo nuestras debilidades, residirá en mi la fuerza de Cristo pues cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10).
Durante esta semana ha tenido lugar la semana de Teología de la diócesis de Lurín- Lima Sur. El tema de este año ha sido “Actualidad Teológico Pastoral de Aparecida: discípulos misioneros hoy”. Estamos cumpliendo diez años de la promulgación de este importante documento de la iglesia latinoamericana tras la V Asamblea de los obispos latinoamericanos reunidos en el santuario de Nuestra Señora de Aparecida en Brasil. La concurrencia ha sido masiva, cerca de mil personas de toda la diócesis de Lurín- Lima Sur y un buen número de agentes de pastoral de nuestra cuasi parroquia Santa María Reina.
Hemos visto el documento de Aparecida en continuidad con los documentos del Concilio Vaticano II y de las anteriores conferencias latinoamericanas de Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. Desde esa continuidad hemos visto la necesidad de dar nuevos pasos para renovar la evangelización de nuestros pueblos de América latina. El último día, reunidos por decanatos (arciprestazgos en España) hemos señalado algunos compromisos para la pastoral de nuestra diócesis, decanatos y parroquias: Nos comprometernos en primer lugar a conocer y estudiar en nuestras comunidades el magisterio de la iglesia latinoamericana. En segundo lugar nos comprometemos a aplicar el método que sigue Aparecida, ver, juzgar y actuar, en el itinerario de los grupos y programas de nuestras parroquias de Lurín-Lima Sur. Ver la realidad con los ojos compasivos de Jesús. Juzgar la realidad desde el evangelio. Actuar desde la Iglesia para extender el reino de Dios. En tercer lugar nos comprometemos a avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera y a un estado permanente de misión para así prepararnos, como diócesis, a la próxima visita del Papa Francisco al Perú en Enero de 2018.
Por mi parte reflexionar de nuevo sobre este documento que leí en el año 2011 antes de venir a Perú me ha hecho ver algunas de las prioridades para mi labor pastoral en el Paraíso: 1°.- Una iglesia en salida a las periferias físicas y existenciales. “Urge salir en todas direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra sino el amor que es más fuerte” (DA n° 548); 2°.- Unir la misión evangelizadora con la solidaridad con los necesitados y su promoción humana integral pues son dos realidades que no pueden separarse (DA n° 550). 3°.-.Por último fomentar la vida espiritual de los agentes de pastoral ya que necesitamos “evangelizadores con Espíritu que anuncien la buena noticia más que con palabras, con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (EG 259); “para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora” (DA n° 549).