DOMINGO DE PASCUA
TIEMPO PASCUAL. TRAS LA MUERTE DE MI MADRE EN VIERNES SANTO
¿Qué has visto de camino María en la mañana? A mi Señor, glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Este mensaje de la secuencia que leemos antes del evangelio del domingo de Pascua donde María Magdalena anuncia la gran noticia de la historia de la humanidad, la venimos repitiendo desde la vigilia pascual en todos los rincones del mundo. Cristo ha resucitado. Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Y los seguiremos anunciando durante toda la semana de pascua y los cincuenta días del tiempo pascual y todo el año en la eucaristía del domingo: Cristo ha resucitado y está vivo entre nosotros.
La fiesta de la resurrección es la celebración central del año litúrgico cristiano; la verdad nuclear de nuestro cristianismo; el fundamento, contenido y raíz de nuestra fe, esperanza y caridad. La meta final del camino para el que nos preparamos los católicos durante todo el año y en especial en el tiempo litúrgico de cuaresma y en el triduo pascual. Celebramos la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida y nuestro propio paso de la esclavitud del pecado a una nueva dimensión de personas nuevas, resucitadas, transformadas. Como nos decía San Pablo en la epístola de la Vigilia Pascual: “Nuestra vieja condición humana ha sido crucificada con Cristo, quedando destruido este cuerpo de pecado y nosotros libres de la esclavitud al pecado”.

San Pablo dice que en la primera carta a los Romanos que “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucito. Y si no resucito Cristo vacía es nuestra fe y somos dignos de compasión de todos los hombres. ¡Pero no! Cristo resucito de entre los muertos como primicias de los que murieron”. La resurrección de Jesús, misterio central de nuestra fe y dato cierto y real, aunque no verificable por los métodos de las ciencias, es el acontecimiento salvador que en estos días nos llena de gozo, y que hemos de creer, proclamar y testimoniar en este tiempo de Pascua. Es inútil pedir pruebas racionales o científicas del hecho y del modo de la Resurrección de Jesús. Pero, nuestra fe en ella, que es don de Dios, no es irracional ni ilusoria. Creemos basados en el testimonio de los Apóstoles que fueron testigos oculares de Cristo resucitado. Su testimonio es la base de la fe de cuantos no vimos personalmente a Jesús pero creemos en El cómo Señor de vivos y muertos. La mejor prueba de que la resurrección no pudo ser un invento de los apóstoles es que sería absurdo una mentira que los perjudicara, que les trajera problemas, persecuciones y que fueran capaces de dar la vida por ello.
En este tiempo de Pascua es bueno reivindicar la figura de María Magdalena que por el machismo de la época quedo relegada, como todas las mujeres salvo María, en los evangelios y en la historia de la Iglesia. Algunos autores han hablado de María Magdalena como la Apóstol de los apóstoles y no es una exageración. Ella fue la primera en ver a Jesús resucitado. Ella es la primera misionera pues sale corriendo a comunicar la gran noticia de la que ha sido testigo a los apóstoles. Una canción a Santa María Magdalena que todos los policheros (gentilicio de los nacidos en Puerto Serrano, Cádiz, Andalucía, España) conocen de memoria dice: “Porque mucho amo, mucho se le perdono, el pasado nunca importa cuando hay amor”. Jesús premio a María Magdalena con ser la primera testigo de la resurrección, la primera discípula del resucitado, la primera misionera por el amor inmenso que le tuvo. Si queremos vivir como personas resucitadas tenemos que poner a nuestro cuerpo las alas del amor. Lo que de verdad debe distinguir a los cristianos es el amor: “Amaos como yo os he amado”, “ En eso reconocerán que sois mis discípulos que os amáis como yo os he amado”.
Los discípulos no entendían nada de lo que les decía Jesús, solo con la resurrección se le abren los ojos y lo entienden todo. Todo se esclarece, todo se ilumina, el misterio sale a la luz. Todo tenía sentido. El Viernes Santo era necesario para dar paso al Domingo de Resurrección. La pasión era el camino de la gloria. El fracaso de la cruz a los ojos humanos era necesario para que Dios manifestara su triunfo resucitándolo. El sufrimiento estaba unido inseparablemente al gozo. La muerte era un paso necesario para la vida en plenitud. Dios no podía consentir que la última palabra la tuviera el mal, la violencia, la injusticia, el sufrimiento y la muerte. Dios no responde en la pasión y la muerte sino que va a responder en la resurrección mostrando que la última palabra la tiene el bien, el amor, la justicia, la vida, el gozo.
La respuesta de Dios a Jesús en la resurrección nos llena de gozo y de esperanza que así sucederá en nosotros y en nuestro mundo. Que aunque parezca que el mal, la violencia, la injusticia, la muerte, triunfan no es así. Dios no solo resucito a Jesús sino que resucito también a los apóstoles y abrió una esperanza para la humanidad y el mundo de que es posible el surgimiento de una persona nueva y un mundo nuevo. Que es posible una transformación radical del ser humano y de nuestro mundo. Creer en la resurrección como nos dice el Papa Francisco es: “no resignarse a que cada uno de nosotros y el mundo sigan igual. Celebrar la pascua es creer con toda la fuerza de nuestro corazón que Cristo sigue vivo en medio de nosotros y es capaz de transformarnos desde dentro para que nosotros nos comprometamos en transformar la realidad. Es posible un mundo nuevo donde habite la justicia, la paz, el amor, el bien, la fraternidad, la vida en plenitud”.
Esta semana santa ha sido especial para mí pues la enfermedad de mi madre hizo que, tras la celebración del Domingo de Ramos en las cinco comunidades del Paraíso, tuviera que venirme sin poder celebrar el triduo pascual en mis comunidades. El jueves Santo lo celebre en la catedral de Salamanca, a solo diez minutos andando del hospital donde estaba mi madre. El Viernes Santo lo celebre junto a mi madre pues de madrugada Dios se la llevó consigo para poder celebrar la resurrección con él. La Vigilia pascual y el domingo de pascua las celebre en la iglesia de mi pueblo y el lunes de Pascua celebre el funeral de mi madre.
El sufrimiento acompañó a mi madre durante toda su vida, siempre la he conocido enferma. La muerte de un hijo, Bernardo, a los 20 años en un desprendimiento de rocas cuando hacia el servicio militar en los Pirineos fue como una espada de dolor que la ha acompañado ya toda la vida. El último mes y medio de su vida pasó por toda clase de sufrimientos que la llevaron por fin a la muerte la madrugada del viernes Santo. La cantidad de personas que acudieron durante todo el día al velatorio y al entierro, no solo del pueblo sino de muchos pueblos vecinos y algunos incluso de lejos es una prueba de que de ella se puede decir que fue una persona buena, que es lo que todos desearíamos que nos dijeran cuando llegue el momento de nuestra muerte. En el velatorio escuche la conversación entre dos mujeres que no conocía. Una le decía a la otra que no la había conocido pero si a las hijas, a mis hermanas. La otra mujer le dijo: “pues como son las hijas así era ella una mujer buena que se olvidaba de sí misma y vivía para los demás”. Ojalá pudieran decir eso de mi algún día eso sería la prueba de que ella ha seguido viviendo en mí, de que los rasgos del amor de Dios reflejados en ellas han pasado a ser parte de mí. Solo así mi vida podrá cambiar y con la fuerza del amor de Dios recibido a través de ella me dé esperanza de que puedo alcanzar la plenitud de la vida en este mundo para llegar a la plenitud de la vida eterna. La fuerza que demostró mi madre los últimos días de su vida, cuando el cuerpo ya no le funcionaba nada y el corazón fuerte la mantuvo varios días con vida, cuando los médicos le habían dado solo horas, es la fuerza que yo necesito para seguir siendo testigo del resucitado en medio de nuestro mundo, en medio de lugar en que Dios me ha puesto en estos momentos, El Paraíso, Cono sur de Lima, Perú. Sola así será posible trabajar para hacer que Jesús siga resucitando en todos los que están sumidos en la desesperanza, el sufrimiento, la pobreza, la marginación, la injusticia, y triunfe como en la resurrección de Jesús el amor, la paz, la justicia, el bien, la esperanza y la dignidad anticipando los cielos nuevos y la tierra nueva que esperamos en el reino de los cielos.