SOLEMNIDAD DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR Mt 17, 1-9
Anticipo del final del camino, la resurrección, para fortalecer la fe de los apóstoles. Equilibrio entre oración y acción, dimensión litúrgico-sacramental y dimensión social, vida interior y salida a las periferias físicas y existenciales. Huir del espiritualismo desencarnado y del activismo ideológico.
El 6 de Agosto se celebra la festividad de la Transfiguración del Señor, una fiesta solemne y por tanto al caer en domingo sustituye al domingo XVIII del tiempo ordinario que correspondería a este domingo. El término transfiguración significa literalmente cambio de forma, de figura, de apariencia. En el caso de Jesús en el monte Tabor aparece con el rostro blanco, resplandeciente, lleno de luz. Esta apariencia del rostro de Jesús coincide con la descripción que los evangelios hacen de Jesús resucitado. Por tanto la transfiguración de Jesús es un anticipo de la resurrección para fortalecer la fe de los discípulos.
Para comprender este episodio que se narra en el capítulo 17 de San Mateo tenemos que leer el capítulo anterior, el 16, para situarnos en el contexto en que sucede esta escena tan importante en los evangelios. En el capítulo 16 Mateo narra la confesión de fe de Pedro y el primer anuncio de la pasión, muerte y resurrección. Jesús pregunta a los discípulos sobre sobre su identidad. ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Para constatar que la gente no tiene claro quién es y por eso les pregunta directamente a ellos ¿Quién dicen que soy? Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Aparentemente Pedro parece conocer bien quién es Jesús pero el problema está en el concepto de Mesías que tiene Pedro igual que el resto de los apóstoles y los judíos. Tienen una idea de un Mesías triunfante, político, alguien que se va a poner al frente de los judíos para derrocar a los invasores romanos.
Jesús entonces les anuncia que tiene que ir a Jerusalén donde tendrá lugar su pasión, muerte y resurrección. Es el primer anuncio de su pasión y tiene por objetivo que los apóstoles comprendan qué tipo de Mesías es y no se lleven a engaños. Se trata de un mesianismo sufriente cuyo triunfo pasa por la cruz, por el fracaso, por la muerte para llegar a la vida, a la gloria, al triunfo. Esto deja desconcertados y frustrados a los apóstoles en las esperanzas que habían puesto en Jesús, ya que esperaban ocupar puestos importantes en su reino, que no habían entendido que no era un reino material como los de este mundo sino espiritual. Por eso la transfiguración está en función de los apóstoles para fortalecer su fe y que puedan continuar con él el camino hacia Jerusalén, hacia la meta de su misión.
Cristo, como dice el prefacio propio de la festividad de la transfiguración: “Ante la proximidad de la pasión, fortaleció la fe de los apóstoles para que sobrellevasen el escándalo de la cruz”. Jesús quiere anticiparles el final del camino: la resurrección, la gloria, el triunfo, la vida para que lo acompañen a cumplir su misión y no tengan miedo porque todo terminará bien. Pero dejándoles claro que no hay vida sin muerte, gloria sin pasión, triunfo sin fracaso, felicidad sin cruz. Que no es posible llegar al domingo de resurrección sin pasar por el Viernes Santo.
Aparecen con Jesús en el Monte Tabor Moisés y Elías, que son los representantes de la ley y los profetas, o sea, todo el Antiguo Testamento. Con ello nos quiere indicar que Jesús es el mesías anunciado por los profetas y cuya venida se ha ido preparando a lo largo del Antiguo Testamento, el esperado por el pueblo de Israel. Jesús transfigurado manifiesta su gloria, su divinidad. La voz del Padre: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo” viene a darle credibilidad a la manifestación de Jesús como el Mesías esperado.
“Señor ¡qué bien se está aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Esta reacción de Pedro muestra que no ha comprendido nada del mensaje de Jesús. Pedro ante esa experiencia gratificante de paz y felicidad quiere quedarse ahí y no continuar el camino, sin comprender que no es posible llegar directamente al final sin recorrer todo el camino que pasa por el sufrimiento y la cruz.
Era necesario bajar de la montaña y volver al llano, acompañando a Jesús en su camino, sabiendo las dificultades del camino: persecuciones, traición, sufrimiento, cruz. Pero sabiendo que al final todo terminará bien. Que el mal, el pecado, la violencia, el sufrimiento, la muerte, no tendrá la última palabra sino el bien, el amor, la paz, la felicidad, la vida.
Como Pedro, los discípulos de hoy muchas veces tenemos también la tentación de refugiarnos en experiencias gratificantes, llenas de paz, alegría, bienestar y quedarnos ahí tranquilos. Es fácil caer en la tentación de instalarnos en la vida, buscando refugios cómodos, de dejarnos atrapar por el conformismo, por vivir tranquilos. Jesús nos deja claro que una experiencia religiosa no es verdaderamente cristiana si se queda en un bienestar interior eludiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva. Si nos queremos quedar en un bienestar que nos instala cómodamente en la vida alejándonos de los hermanos y del servicio a los necesitados, no hemos comprendido el mensaje de Jesús. “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Papa Francisco en la EG n° 20)
En la vida de la iglesia en general, de la diócesis de Lurín-Lima Sur, donde desarrollo mi sacerdocio en estos momentos, en el acompañamiento de los grupos de mi cuasi parroquia Santa María Reina, constato cada vez más el difícil equilibrio entre la oración y la acción, el encuentro con Dios y el encuentro con los hermanos, conjugar la dimensión litúrgica-sacramental y evangelizadora con la dimensión social, económica y política, con la encarnación en la realidad. Es fácil caer en los extremos: en un espiritualismo desencarnado o en un activismo ideológico sin espíritu. Cada día estoy más convencido de que la Iglesia católica, mi diócesis de Lurín Lima-Sur y mi cuasi parroquia Santa María Reina necesitan huir de esos extremismos que tanto daño le hacen. “Para la evangelización no sirven ni propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón” (Papa Francisco en EG n° 262). Necesitamos una Iglesia, una diócesis, una parroquia, unos evangelizadores con Espíritu, “bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma. Evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (EG n° 259). Solo así, si arde en los corazones de los evangelizadores, empezando por mí, podremos salir a las periferias físicas y existenciales sin miedo a accidentarnos, a herirnos, a mancharnos, para llevar la alegría del Evangelio que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.