DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO

Con la lectura evangélica de hoy concluye el capítulo 5 de Mt, la primera parte del Sermón de la Montaña. Las bienaventuranzas y estas seis antítesis con las que concluye el capítulo 5, constituyen lo que se conoce como la Carta Magna del Evangelio, la constitución del pueblo de la Nueva Alianza. El domingo pasado leíamos las cuatro primeras antítesis sobre el homicidio, el adulterio, el divorcio y el perjurio. Hoy vemos las dos últimas antítesis: perdón en vez de venganza y amor al enemigo en vez de odio. Ambas antítesis, como las seis anteriores vienen precedidas por la expresión: “Han oído que se dijo…pero yo les digo” con lo que Jesús viene a corregir y dar plenitud a la ley del Antiguo Testamento. Estas dos antítesis que leemos hoy son una de las páginas de más altura de toda la literatura universal y que inspiró a Gandhi su campaña de la “no-violencia activa” en la India frente a los Ingleses. Es de tal envergadura el giro que Cristo propone que empeña su autoridad mesiánica oponiéndose frontalmente a la tradición legal de los letrados y fariseos.

La primera antítesis “Han oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente “. Yo en cambio les digo: No hagan frente al que los agravia”; hace referencia a la ley del Talión que aparece en el Pentateuco (Ex 21,24; Lv 24, 19; Dt 19,21). En síntesis esta ley decía que había que había que cobrar o pagar con la misma moneda una afrenta recibida. Esta Ley del Talión se encontraba también en otras leyes de pueblos vecinos como los asirios y los Babilónicos.

El más conocido el Código de Hammurabi que data del año 1750 a.C. Esta ley vista desde hoy nos puede parecer una ley bárbara y primitiva. Pero en su tiempo fue de hecho una ley de moderación que ponía un límite a la venganza “legal” tanto a nivel de sentencia judicial como de individuos o familias. Si uno se tomaba la justicia por su mano no podía excederse llevado por una indignación ante el daño sufrido y causar un mal desproporcionado. El castigo sería igual al daño.

La segunda antítesis: “Han oído que se dijo: “Amaras a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen”. En el antiguo testamento el prójimo significa el pariente y el compatriota judío. En cambio en el evangelio de Jesús significa todo hombre. El aborrecer al enemigo era algo que deducían los Israelitas aunque no venía especificado en la ley. Todo el que no pertenecía al Pueblo de la Alianza desconocía al Dios verdadero y era extraño, enemigo, a quien no había que amar. Pero Jesús una vez más rompe con la tradición de los escribas y fariseos y va más allá: “Yo en cambio os digo: “Amad a vuestros enemigos. Hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian”. Increíble, él no va más… Jesús declara inviable y anticuada nuestra división tan usual de las personas en amigos y enemigos; para el que ama, ya no hay más que hermanos, hijos del mismo Padre, Dios. No podían ni siquiera imaginarse que Jesús hiciera una afirmación así distanciándose de la rica tradición bíblica de venganza y odio a los enemigos. Su lenguaje es sorprendente y escandaloso pero totalmente coherente con su experiencia de Dios. El Padre no es violento, ama incluso a los enemigos, no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse sino en amar incondicionalmente a todos. Quien se siente hijo de Dios no ha de introducir en el mundo odio ni destrucción a nada. El amor a los enemigos es una llamada de Jesús a introducir en la historia una actitud nueva frente al enemigo, eliminando el odio y la violencia destructora. Quien cree en Dios no alimentará el odio contra nadie. Buscará el bien de todos incluidos los enemigos.

No podemos interpretar estas enseñanzas de Jesús diciendo que hay que alimentar sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia alguien que nos hace mal... El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunos casos es difícil liberarse del rechazo, el odio o la sed de venganza. Incluso a personas cristianas y de buen corazón se les oye decir: “Yo le perdono, pero no me es posible olvidar, menos aún quererle”. Por ley no se puede imponer la simpatía, el amor efectivo y el cariño emocional al enemigo que nos agravia. Eso resultaría inhumano. Tampoco Jesús lo exige por decreto. Pero si nos propone su ejemplo, y nos manda el amor efectivo: hacer el bien al enemigo, rezar por él, respetarlo siempre como persona y como hermano, hijo también de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. Amor al enemigo significa no hacerle mal, no buscar desear hacerle daño, no alimentar odio y sed de venganza. Somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos. Devolver bien por mal
“Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Esta conclusión de las seis antítesis es la motivación de todo lo que antecede. La imitación del ejemplo de Dios. Al discípulo de Cristo no le basta saludar y amar a los amigos; eso lo hace cualquiera. Al cristiano se le pide más: la media es Dios que es perfecto. No podemos conformarnos con una ley de mínimos como los escribas y los fariseos sino que tenemos que aspirar a lo máximo, a la plenitud del amor a Dios y al prójimo.

Hay que reconocer que el espíritu de venganza, una ley del Talión, a nuestra manera, está bien enraizado en el corazón humano. A diario lo oído decir con pleno descaro: El que me la hace, me la paga…Hijo no te dejes pisar… El que ríe el último ríe dos veces… La mejor defensa es un buen ataque. Una y otra vez tengo que repetir que Jesús todo esto queda excluido. No solo la venganza efectiva sino el deseo de la misma hasta llegar a renunciar a toda violencia activa, incluso como autodefensa: “No hagan frente al que os agravia; al contrario…” Y desarrolla su afirmación con cuatro ejemplos o situaciones diversas: bofetada, pleito, requerimiento y préstamo. Ejemplos exagerados que no son para tomarlas al pie de la letra pero si en su espíritu de perdón, reconciliación y fraternidad. El talante del discípulo de Jesús está, pues, constituido por: 1° Por la no-violencia, como primer paso. No hagan frente al que les agravia. 2° Por el amor activo: amor a los enemigos y hacer el bien a los que te aborrecen.

3° Temple, valentía y madurez humana y cristiana, al estilo de Jesús, que murió perdonando y amando. Solo así daremos al mundo un testimonio atrayente de alegría y fraternidad, condición previa para la conversión de corazones y estructuras. Solo así podremos rezar el Padre nuestro: Perdónanos, Señor, nuestras ofensas porque también nosotros perdonamos y amamos a los que nos ofenden.