I DOMINGO DE CUARESMA
Las Tentaciones de Jesús y las tentaciones de los discípulos-misioneros hoy.
El miércoles pasado, miércoles de ceniza, comenzábamos el tiempo litúrgico de la cuaresma con la imposición de la ceniza, los cuarenta días que nos preparan a la Pascua. Hoy celebramos el primer domingo del tiempo de cuaresma. La cuaresma es un camino hacia la pascua, lo cual quiere decir que no tiene un fin en sí misma sino que su objetivo está en la meta del camino, la Pascua, paso de la muerte a la vida, la celebración del centro fundamental de nuestra fe: pasión, muerte y resurrección de Cristo. Junto al paso de Jesús de la muerte a la vida cada uno de nosotros pasamos de la esclavitud del pecado a la nueva vida que Cristo resucitado nos ofrece. El fin de la Pascua es por tanto resucitar con Cristo y ese es el objetivo del tiempo litúrgico de cuaresma, preparar el camino para que eso se haga realidad.
Comenzábamos la cuaresma con el signo de la ceniza que muestra la caducidad humana y su limitación frente a Dios. La recepción pública de la ceniza simboliza nuestro compromiso de entrar en un proceso de conversión profunda, del cambio del corazón para volvernos a la opción fundamental por Cristo y por los hermanos.

El simbolismo de la ceniza aparece ya en el Antiguo Testamento como una práctica penitencial muy común que consistía en llenarse todo el cuerpo de ceniza como símbolo de reconocer los pecados, de arrepentimiento y de iniciación de un proceso de conversión. En los comienzos de la Iglesia este signo se utilizó para que toda la comunidad supiera quienes estaban preparándose para recibir el bautismo en la noche de pascua y les pudieran ayudar en ese proceso de conversión desde el miércoles de ceniza. Después, con la generalización del bautismo de niños este símbolo quedo en una cruz en la frente pero con el mismo significado de compromiso público de iniciar un camino de conversión.
La liturgia del miércoles de ceniza también nos presentaba las practicas penitenciales de la piedad judía: la oración, el ayuno y la limosna; que Jesús asume pero dejando claro que hay que cumplirlas de corazón, con sinceridad, no como los escribas y fariseos que lo hacen por aparentar, para ser vistos y por tanto se quedan en ritos externos que no cambian el interior, que no afectan al corazón. Jesús denuncia claramente su hipocresía y deja marcada las bases para que esas prácticas penitenciales, que la iglesia sigue manteniendo hoy, sigan siendo válidas: no hacerlas públicamente sino en privado, no buscar la alabanza de los hombres sino la fidelidad a Dios y que nos lleven a compartir nuestros bienes con los más necesitados desprendiéndonos no sólo de lo superfluo sino de lo necesario.
En este primer domingo de cuaresma el evangelio de Mateo nos narra como Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días en oración y ayuno y donde tiene lugar las tentaciones que Jesús sufre. Hay una unidad entre este pasaje de las tentaciones y el que le precede que es el del bautismo en el Jordán. En ambas situaciones Cristo es impulsado o llevado por el Espíritu para dejar patente simultáneamente su divinidad y humanidad. Jesús es tentado como hombre que era, “probado en todo exactamente como nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4, 15). Por tanto la prueba de la tentación fue algo natural a Él y su victoria sobre la misma reafirma su filiación divina y su fidelidad al cometido mesiánico que se le ha confiado. Sobre esto precisamente versaron las tentaciones: su identidad y tarea mesiánicas. Las dos primeras tentaciones comienzan con la misma insinuación condicionante del tentador: “Si eres Hijo de Dios…” es decir el Mesías. Por tanto las tentaciones son mesiánicas, sobre la condición del Mesías. Ser el Mesías que Dios quería, un Mesías sufriente, o ser el Mesías que la gente esperaba, un Mesías triunfante. Jesús supera la tentación optando por el mesianismo que Dios quiere que va a determinar su misión y su destino.
La primera tentación “si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Es la tentación del tener, del dinero y de los bienes materiales que necesitamos para vivir, pero son un medio no un fin. El problema viene cuando hacemos de ellos un fin pensando que por sí mismos dan la felicidad. Jesús lo deja claro “no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. No basta la satisfacción de las necesidades materiales, hay otras necesidades más importantes sin las cuales no conseguiremos la felicidad. La sociedad de consumo nos engaña entrando en un consumismo ilimitado que nunca nos deja satisfechos.
La segunda tentación: “Si eres Hijo de Dios tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras. Es la tentación de la vanidad, de la presunción, de la arrogancia. Querer sobresalir sobre los demás. Que reconozcan nuestros méritos, que nos alaben. La respuesta de Jesús “no tentaras al Señor tu Dios” es la llamada a no ceder ante la tentación de manipular el poder de Dios, la espectacularidad vanidosa y buscar la humildad ante Dios y ante los hermanos. Buscar servir y no ser servidos.
La tercera tentación “Todo esto te lo daré, si te postras y me adoras” Es la tentación del poder, del dominio sobre los demás, estar por encima de los otros, mirarlos por encima del hombro. La idolatría del poder, el afán desmesurado de poder lleva a la dictadura, la corrupción, la violencia, el crimen. La respuesta de Jesús: “Al Señor tu Dios, adorarás y a él solo darás culto” nos indica solo a Dios debemos adorar y servir. Debemos superar esta tentación del poder desde el servicio desinteresado del prójimo buscando los primeros puestos y no los últimos.
Estas tentaciones son propias de todos los hombres. Todos de una manera o de otra las tenemos. La tentación de ser el sacerdote que yo quiero o el que la gente quiere y no ser el que Dios quiere es algo constante con lo que tengo que luchar cada día. Muchas veces la gente busca solo en el sacerdote un funcionario que te satisfaga tus deseos. Es difícil conjugar la acogida a la gente y el hacerles ver que el sacerdote no es un funcionario y la iglesia no es una agencia donde se despacha a la carta: agua bendita, rezos, sacramentos. También a veces los golpes de la vida te van haciendo descubrir que lo que yo quiero, por muy bueno que parezca, no es lo que Dios quiere, o al menos no en ese momento, que los ritmos de Dios no son los míos y constantemente tengo que adecuar mi voluntad a la de Dios. En definitiva la tentación que resume todas es la de hacer la voluntad de Dios o hacer la propia voluntad. De aceptar los planes de Dios en mi vida y no querer que Dios acepte mis planes. Una lucha constante, diaria de caídas y levantadas pero en la que intento no rendirme aunque hay muchas veces que entran ganas de tirar la toalla y no seguir luchando.